La liturgia de
esta fiesta está centrada en la santidad.
Hoy damos
gracias a Dios por sus santos. Por formar parte de esa inmensa familia que
afirmamos en el Credo: Creo en la comunión de los santos. A ellos estamos
unidos y ellos son nuestros modelos e intercesores que hoy nos miran felices,
radiantes y misericordiosos, con una mirada activa y creativa.
Celebrar esta fiesta es sentirnos fascinados por lo alto. Cuando ascendemos a las montañas vienen a nuestros ojos imágenes de valles y de ríos, de cielos estrellados o de horizontes lejanos. En esta jornada de Todos los Santos no nos conformamos con subir a los cerros. Trepamos más arriba. Elevamos nuestros ojos a esa realidad que ha sido la razón y el motor, el existir y el triunfo definitivo de tantos hombres y mujeres que se dejaron seducir por la beldad de Dios. No se conformaron con lo que encontraban en el suelo, con las propuestas caducas de felicidad, con los atajos traicioneros. Los santos apostaron fuerte: descubrieron que Dios era lo máximo y dieron firme testimonio de El.
Al honrarles
hoy, adoramos la santidad de Dios que les ha hecho santos, "la salvación
es de nuestro Dios y del Cordero", y nos los da como testigos que nos
ayudan en la lucha por la mansedumbre, la humildad, la generosidad, la
aceptación de la voluntad de Dios.
La fiesta de
Todos los Santos nos invita a celebrar, en principio, dos hechos. El primero es
que, verdaderamente, la fuerza del Espíritu de Jesús actúa en todas partes, es
una semilla capaz de arraigar en todas partes, que no necesita especiales
condiciones de raza, o de cultura, o de clase social. Por eso esta fiesta es
una fiesta gozosa, fundamentalmente gozosa: el Espíritu de Jesús ha dado, y da,
y dará fruto, y lo dará en todas partes.

