miércoles, 27 de julio de 2011

La mayoría de nosotros tenemos corazones llenos de piedras que necesitan ser quitadas o removidas.

A diario nuestro corazón esta distraído por el tráfico del mundo que tiende a endurecer los suelos de nuestro corazón haciéndolo duro y denso.


Necesitamos que el Señor remueva las piedras y quebrante y remueva los suelos, de modo que las vides puedan tomar raíz en nuestros corazones.

A menudo nuestro corazón esta reseco por la dureza que nos rodea; diariamente el polvo del mundo, la rutina de nuestras labores y trabajos son tales que no tenemos ninguna humedad que deje producir vida. Estamos en la necesidad de que la gracia divina humedezca y riegue la tierra seca de nuestro corazón.

Una vez que el Espíritu Santo haya cultivado y la gracia haya irrigado el suelo para una tierna recepción de Cristo y de su palabra, las vides en nosotros tomarán raíz, florecerán y llevarán fruto. Cuando hemos experimentado a Cristo como nuestro «viña» no hay necesidad de buscar los modos de vida cristiana o de preguntar cómo podemos servirlo. Nuestra viña será nuestro ministerio.

En el capítulo final del Cantar de los Cantares, la sulamita declara: «Salomón tuvo una viña en Baal-hamon, la cual entregó a guardas, cada uno de los cuales debía traer mil monedas de plata por su fruto. Mi viña, que es mía, está delante de mí; las mil serán tuyas, oh Salomón, y doscientas para los que guardan su fruto» (Cantares 8:11-12).

Aquí vemos a la sulamita que ha sido profundamente tratada y que ha producido una viña llena de Cristo, la cual ha venido a ser su ministerio. No sólo satisface a Dios, a quien se le ofrecen las «mil piezas de plata,» sino que además, tiene un excedente de las riquezas de Cristo para compartir con otros – las «doscientas piezas».

Muchos hermanos están muy preocupados preguntándose cuál será su vocación, pero ellos han olvidado el asunto más importante – no han dejando a Cristo cultivarlos e irrigarlos como a una viña. Es peligroso involucrarse en vivir como cristiano sin ser tratado como una «viña».

María, quien rompió el vaso de alabastro, no buscó hacer un acto excepcional. La fragancia que emanó de su vaso quebrado era su testimonio de amor. ¡Y qué poderoso fue su testimonio de vida ! Después de dos mil años, esa fragancia persiste en la casa hasta hoy. ¿Puedes percibir su aroma?

Dorcas no buscó una vida ejemplar. Ella hizo las túnicas y los vestidos para las viudas. Oh, pero qué gran ministerio tenía ella. ¡Cuando ella murió, los ancianos tuvieron que enviar para que Pedro la levantase de vuelta! ¡Eso demuestra cuánto extrañaban su testimonio de vida! Mira alrededor. ¿Ves gente oculta, poco conocida y sin fama, sin ‘glamour’ como ella, en las iglesias de hoy?

Note que la sulamita en el Cantar de los Cantares dice: «Mi viña, que es mía, está delante de mí». Lo que la separó de todas las demás es que ella tenía ‘su propia viña’; el resto de ellos eran simplemente «encargados» (guardas) del viñedo. También, su viña estaba «delante» de ella. Es decir, en cualquier ambiente donde el Señor nos coloque, tiene el potencial de convertirse en nuestra viña.

La viña de Dorcas era cualquier cosa que estaba ante ella –cosiendo ropas para las viudas necesitadas–. En vez de preguntar cuál sea nuestro ministerio, haríamos bien en preguntarnos a nosotros mismos si poseemos una viña. Entonces, miremos alrededor para ver qué es lo que tenemos ante nosotros.

No pienso en hacer alguna cosa en mi vejez, aunque el tiempo es en verdad un elemento crítico; hoy estoy muy contento donde el Señor me ha colocado. Por su gracia, él está cultivando e irrigando su viña en mí. Removiendo las piedras y humedeciendo la tierra –y mis ojos atentos al Labrador– el testimonio de vida que resulte no será nada de lo que deba jactarme. Es todo de él. Todo de él.

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