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domingo, 17 de abril de 2016

Reflexiones sobre la a confesión del Papa Francisco.



1. Me oigo decir a los confesores: Hablad, escuchad con paciencia y sobre todo decidles a las personas que Dios las quiere bien. Y si el confesor no puede absolver, que explique por qué, pero que dé de todos modos una bendición, aunque sea sin absolución sacramental. El amor de Dios también existe para quien no está en la disposición de recibir el sacramento: también ese hombre o esa mujer, ese joven o esa chica son amados por Dios, son buscados por Dios, están necesitados de bendición.
2. Los apóstoles y sus sucesores —los obispos y los sacerdotes que son sus colaboradores— se convierten en instrumentos de la misericordia de Dios. Actúan in persona Christi. Esto es muy hermoso.
3. Confesarse con un sacerdote es un modo de poner mi vida en las manos y en el corazón de otro, que en ese momento actúa en nombre y por cuenta de Jesús. Es una manera de ser concretos y auténticos: estar frente a la realidad mirando a otra persona y no a uno mismo reflejado en un espejo.

4. Es cierto que puedo hablar con el Señor, pedirle enseguida perdón a Él, implorárselo. Y el Señor perdona, enseguida. Pero es importante que vaya al confesionario, que me ponga a mí mismo frente a un sacerdote que representa a Jesús, que me arrodille frente a la Madre Iglesia llamada a distribuir la misericordia de Dios. Hay una objetividad en este gesto, en arrodillarme frente al sacerdote, que en ese momento es el trámite de la gracia que me llega y me cura.
5. Como confesor, incluso cuando me he encontrado ante una puerta cerrada, siempre he buscado una fisura, una grieta, para abrir esa puerta y poder dar el perdón, la misericordia.
6. El que se confiesa está bien que se avergüence del pecado: la vergüenza es una gracia que hay que pedir, es un factor bueno, positivo, porque nos hace humildes.
7. Está también la importancia del gesto. El solo hecho de que una persona vaya al confesionario indica que ya hay un inicio de arrepentimiento, aunque no sea consciente. Si no hubiera existido ese movimiento inicial, la persona no hubiera ido. Que esté allí puede evidenciar el deseo de un cambio. La palabra es importante, explicita el gesto. Pero el propio gesto es importante.
8. ¿Qué consejos le daría a un penitente para hacer una buena confesión? Que piense en la verdad de su vida frente a Dios, qué siente, qué piensa. Que sepa mirarse con sinceridad a sí mismo y a su pecado. Y que se sienta pecador, que se deje sorprender, asombrar por Dios.
9. La misericordia existe, pero si tú no quieres recibirla… Si no te reconoces pecador quiere decir que no la quieres recibir, quiere decir que no sientes la necesidad.
10. Hay muchas personas humildes que confiesan sus recaídas. Lo importante, en la vida de cada hombre y de cada mujer, no es no volver a caer jamás por el camino. Lo importante es levantarse siempre, no quedarse en el suelo lamiéndose las heridas. El Señor de la misericordia me perdona siempre, de manera que me ofrece la posibilidad de volver a empezar siempre.
(Frases extraídas del libro entrevista al Papa Francisco "El nombre de Dios es misericordia, conversación con Andrea Tornielli". ).
" Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
A través de los sacramentos de iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, el hombre recibe la vida nueva en Cristo. Ahora, todos lo sabemos, llevamos esta vida «en vasijas de barro» (2 Cor 4, 7), estamos aún sometidos a la tentación, al sufrimiento, a la muerte y, a causa del pecado, podemos incluso perder la nueva vida. Por ello el Señor Jesús quiso que la Iglesia continúe su obra de salvación también hacia los propios miembros, en especial con el sacramento de la Reconciliación y la Unción de los enfermos, que se pueden unir con el nombre de «sacramentos de curación». El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación. Cuando yo voy a confesarme es para sanarme, curar mi alma, sanar el corazón y algo que hice y no funciona bien. La imagen bíblica que mejor los expresa, en su vínculo profundo, es el episodio del perdón y de la curación del paralítico, donde el Señor Jesús se revela al mismo tiempo médico de las almas y los cuerpos (cf. Mc 2, 1-12; Mt 9, 1-8; Lc 5, 17-26).
El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación brota directamente del misterio pascual. En efecto, la misma tarde de la Pascua el Señor se aparece a los discípulos, encerrados en el cenáculo, y, tras dirigirles el saludo «Paz a vosotros», sopló sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 21-23). Este pasaje nos descubre la dinámica más profunda contenida en este sacramento. Ante todo, el hecho de que el perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos nosotros mismos. Yo no puedo decir: me perdono los pecados. El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, es un don del Espíritu Santo, que nos llena de la purificación de misericordia y de gracia que brota incesantemente del corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado. En segundo lugar, nos recuerda que sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en la paz. Y esto lo hemos sentido todos en el corazón cuando vamos a confesarnos, con un peso en el alma, un poco de tristeza; y cuando recibimos el perdón de Jesús estamos en paz, con esa paz del alma tan bella que sólo Jesús puede dar, sólo Él.
A lo largo del tiempo, la celebración de este sacramento pasó de una forma pública —porque al inicio se hacía públicamente— a la forma personal, a la forma reservada de la Confesión. Sin embargo, esto no debe hacer perder la fuente eclesial, que constituye el contexto vital. En efecto, es la comunidad cristiana el lugar donde se hace presente el Espíritu, quien renueva los corazones en el amor de Dios y hace de todos los hermanos una cosa sola, en Cristo Jesús. He aquí, entonces, por qué no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humilde y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa sólo a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que le alienta y le acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana. Uno puede decir: yo me confieso sólo con Dios. Sí, tú puedes decir a Dios «perdóname», y decir tus pecados, pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia, a los hermanos, en la persona del sacerdote. «Pero padre, yo me avergüenzo...». Incluso la vergüenza es buena, es salud tener un poco de vergüenza, porque avergonzarse es saludable. Cuando una persona no tiene vergüenza, en mi país decimos que es un «sinvergüenza». Pero incluso la vergüenza hace bien, porque nos hace humildes, y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios perdona. También desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decir al sacerdote estas cosas, que tanto pesan a mi corazón. Y uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia, con el hermano. No tener miedo de la Confesión. Uno, cuando está en la fila para confesarse, siente todas estas cosas, incluso la vergüenza, pero después, cuando termina la Confesión sale libre, grande, hermoso, perdonado, blanco, feliz. ¡Esto es lo hermoso de la Confesión! Quisiera preguntaros —pero no lo digáis en voz alta, que cada uno responda en su corazón—: ¿cuándo fue la última vez que te confesaste? Cada uno piense en ello... ¿Son dos días, dos semanas, dos años, veinte años, cuarenta años? Cada uno haga cuentas, pero cada uno se pregunte: ¿cuándo fue la última vez que me confesé? Y si pasó mucho tiempo, no perder un día más, ve, que el sacerdote será bueno. Jesús está allí, y Jesús es más bueno que los sacerdotes, Jesús te recibe, te recibe con mucho amor. Sé valiente y ve a la Confesión.
Queridos amigos, celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo caluroso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. Recordemos la hermosa, hermosa parábola del hijo que se marchó de su casa con el dinero de la herencia; gastó todo el dinero, y luego, cuando ya no tenía nada, decidió volver a casa, no como hijo, sino como siervo. Tenía tanta culpa y tanta vergüenza en su corazón. La sorpresa fue que cuando comenzó a hablar, a pedir perdón, el padre no le dejó hablar, le abrazó, le besó e hizo fiesta. Pero yo os digo: cada vez que nos confesamos, Dios nos abraza, Dios hace fiesta. Sigamos adelante por este camino. Que Dios os bendiga."   (PAPA FRANCISCO. AUDIENCIA GENERAL. Plaza de San Pedro. Miércoles 19 de febrero de 2014).

sábado, 2 de abril de 2016

Recordando a San Juan Pablo II en el 11º aniversario de su muerte.

 MI ALMA ENAMORADA DE JESÚS  de San Juan Pablo II

Una hermosa mañana de primavera, cuando los arroyuelos cantaban alegres
entre las piedras de las montañas, y las gaviotas surcaban felices el firmamento azul, yo, sentado en la orilla, frente al mar, pensaba en Jesús. Los rayos luminosos del sol comenzaban a inundar la tierra y yo sentía a Jesús dentro de mí. Un calor inmenso me rodeaba y me llegaba hasta el centro más hondo de mi ser. Era el amor divino que me empapaba y me decía desde muy adentro que me amaba. Y yo me sentía como una novia enamorada y le sonreía y le decía: “Gracias, Jesús. Yo te amo y yo confío en Ti”

Oh Jesús, yo quisiera ser como esos pájaros que veo en las alturas y llevar
hasta tu cielo un mensaje de paz. Quisiera que todos los ruidos de la creación fueran cantos de alabanza a Ti, Señor. Quisiera ser un pez de aguas profundas para llegar hasta los últimos rincones del mar y decir a todas las criaturas:"Amen a Dios. Jesús es mi Dios". Quisiera ser una golondrina alegre que, con sus trinos y sus vuelos, pudiera alegrarte a Ti, Jesús. Quiero darte un beso de amor y decirte con mis labios y mi alma que te quiero. Quiero que mi alma enamorada vibre al ritmo de tu corazón y te ame eternamente,

Oh Jesús, ¡qué bella es la tierra, qué bellos paisajes diviso desde aquí! ¡Qué lindas las flores, que te ofrecen su hermosura, su fragancia y su color! ¡Qué bonitas las selvas, las montañas, los ríos, los valles, los árboles, los mares, los pájaros, los peces y el firmamento azul! ¡Qué bellos los hombres y los niños y las mujeres que reflejan en sus labios y en sus ojos tu sonrisa de Dios!

Mi alma enamorada te alaba a Ti, Señor. Mi alma enamorada te canta a Ti, Jesús. Mi alma se alegra con tu sonrisa y tu amor. Jesús, quisiera ser una pequeña flor en tu jardín del cielo. Quisiera ser una gotita de sangre de tu cáliz bendito. Quisiera ser una miga de pan consagrado y vivir en el cielo hermoso de tu Corazón.

María, Madre mía, quisiera amar a Jesús tanto como tú. Quisiera amarte tanto como Él. Quisiera ser tu pequeño Jesús y sentir tus caricias de madre... Abrázame contra tu Corazón para sentir tus latidos de amor que, como repiques de campanas, me llevan tu alegría y tu amor.

¡Qué felicidad pensar que Jesús vive en mí y yo en Jesús! ¡Su cielo está en mi corazón y yo estoy en el Corazón de Jesús!

Si la creación es tan bella... que me quedo extasiado ante la majestad del mar y de las olas... Si me quedo admirado ante los vuelos raudos de las gaviotas... Si los delfines me alegran con sus saltos alegres... Si el sol es tan hermoso con sus rayos de colores... ¿Cómo será Dios? ¿Cómo será su eterno cielo azul? Por eso, quiero entrenarme desde ahora para después cantarle mi amor por toda la eternidad. Quiero que, mi vida sea un canto de amor. Sí, un canto de amor. Te invito, hermano, a cantar ¿Sí? ¿Listos? Tú pones la música y yo pongo la letra. Inventa la música más linda para Jesús. Él se merece lo mejor.

Cántale así:

Caminando por las playas y ciudades de la tierra,
vi un día a Jesús a la orilla del camino.
Cansado y solitario me decía: "Hijo mío,
necesito tu ayuda, tu amor y tu servicio
para alegrar los caminos de este mundo”.
Y yo, sonriendo le decía: “Yo te amo y soy tu amigo.
¿Qué quieres que haga por Ti, Jesús mío?”
Y Él me respondía cantando: “Diles a mis hermanos que los amo.
Vete por el mundo y dales mi alegría”.
Y yo, caminando con Jesús, les hablaba de su amor.
Y yo, caminando con Jesús, sentía cada día más su amor.
Y mi alma enamorada le cantaba y le decía:
“Jesús, yo te amo. Jesús yo te adoro.
Jesús, yo te amo. Yo confío en Ti”.
Gracias, Jesús, por mi vida. Gracias, Jesús, por mi alegría.
Gracias, Jesús, por María. Gracias, Jesús, por tu amor. Amén.



MI ENTREGA

Era un día cualquiera de la historia de mi vida. Amanecía y el sol entre rayos de colores aparecía entre las montañas en todo su esplendor. Y yo desde mi ventana me sentía feliz mirando el cielo, respirando profundamente la alegría de vivir. Y decía: “Gracias, Señor, por este nuevo día. Gracias por la luz y las montañas. Gracias par mi vida. Gracias por tu amor”.

Casi al mismo tiempo una luz divina atravesó mi mente y lo comprendí todo. Dios estaba allí, me hablaba como un amigo y me sonreía. Dios me amaba y me bendecía y me invitaba a vivir en plenitud.

Sí, en aquel momento, sentí deseos de gritar al mundo sus errores, sentí deseos de despertar a los hombres de sus vanos ideales, sentí deseos de recorrer la tierra y predicar la luz, la alegría, la verdad, el amor y la vida. Sentí deseos de ser grande, de ser santo, de aspirar a las alturas, de llenar de una nueva luz el camino de mi vida. Quería dar sentido pleno a mi existencia y sentía que Dios esperaba mi respuesta.

Por eso, en aquella mañana de agosto, cuando los pájaros cantaban en el cielo y las flores sonreían en la tierra, allí mismo, de rodillas, le dije a Dios que SÍ, que me tomara de la mano y me guiara por la vida, que contara conmigo, porque quería seguirlo e irradiar su luz y su amor por este mundo.

En aquel instante, sentí la caricia del sol sobre mi rostro con más intensidad. Sentí que era el mismo Dios que me abrazaba y me acariciaba con la luz del sol y me sentí feliz. Comprendí que había nacido para ser feliz y hacer felices a los demás. Comprendí que debía ser espejo para reflejar la luz a los demás. Había nacido para hacer de mi vida una canción, una canción de eterna juventud. Una canción de vida y esperanza, una canción alegre y de alabanza al Dios del mar, del cielo y las montañas. Mi corazón palpitaba de emoción y cada latido era un acto de amor al Dios del cielo. Me sentía vivir en plenitud, porque una alegría divina me empapaba. Era feliz.

Pero ese mismo día, al atardecer, el sol desapareció entre las montañas, negras nubes aparecieron en el horizonte y, al poco rato, comenzó a llover. Sentí que era el mismo Dios que de nuevo me cubría con sus lágrimas, llorando por la ingratitud de tantas almas. Era el mismo Dios de la mañana, el mismo Dios amante y compasivo, el mismo que era Luz, Amor y Vida, que me decía con los ojos tristes: “Llora tú también por tus pecados y por toda la maldad de tus hermanos”. Y yo pensé en Jesús, lo vi en la cruz, clavado, ensangrentado, adolorido; vi su mirada triste, tierna y humilde, pidiéndome consuelo. Estaba solo y me pedía compañía. Y yo, al verlo tan Dios y tan humano, tan rico y tan necesitado, tan fuerte y tan debilitado. Me conmoví, me acerqué a su cruz, temblando por el miedo, vacilante e inseguro, sin saber qué podía yo hacer por consolarlo.

Y en aquel momento de mi vida me ofrecí a Él, diciéndole, llorando y compungido: “Aquí me tienes, mi Dios, estoy contigo ¿Qué puedo yo hacer por Ti para ayudarte? ¿Cómo puedo, tan pobre y débil, consolarte?”

En aquel momento me pareció que una estrella, más brillante que las otras, dirigía hacia mí su luz radiante y un rayo de su luz tocó mi rostro. Me sentí atraído irresistiblemente hacia la estrella y por el camino de luz que me trazaba quise caminar y subir hasta alcanzarla. Quería conocerla, empaparme de su luz y vivir dentro de ella. Y he aquí que, en ese momento, pensé que María era esa estrella y me sentí orgulloso de ser su hijo y amarla a través de las estrellas.

Cuando el silencio se apoderó de nuevo de la noche, me sentí contento. Mi vida era hermosa. Valía la pena vivir para Dios. Valía la pena vivir bien y en plenitud. Yo había nacido para triunfar en esta vida y no quería ser un fracasado. Quería ser útil a la humanidad. Tenía que cumplir bien la misión que mi Dios me había encomendado. Muchas, muchísimas almas las había puesto a mi cuidado y su salvación y santificación dependía ahora de mi respuesta, de mi generosidad, de mi entrega decidida a la causa del Señor.

Señor, mi Dios, aquí estoy, aquí me tienes, soy tuyo, haz de mí lo que Tú quieras. Estoy listo, empezamos cuando Tú quieras. No me pidas permiso para nada. Guíame a donde quieras. Yo confío en Ti. Sólo quiero decirte que te amo y quiero ser tuyo totalmente y para siempre. Gracias, Jesús, por haberme dado a María como Madre mía.