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sábado, 14 de septiembre de 2013

Mujer y santidad en la Iglesia.


Entre los seguidores de Jesús había mujeres, hoy en nuestras parroquias, grupos y movimientos prevalecen las mujeres. Reconozcamos el papel de la mujer en la Iglesia para ser fieles a Jesús y su Evangelio.

Claro que la practica de la Iglesia no sigue la tónica de Jesús y de las primeras comunidades cristianas porque a la mujer le asigna unos roles que son los de siempre, "... a ellas de manera especial les ha sido encomendado el cuidado del ser humano, desde su concepción hasta su muerte. En el matrimonio o en la virginidad, el corazón de la mujer está hecho para la maternidad, para proteger al ser humano, especialmente a los más débiles e indefensos. Nada más cálido para el ser humano que el regazo de una madre. El «genio» femenino y el corazón de la mujer está hecho para amar, para acoger, para expresar la ternura de Dios con el hombre.
El feminismo cristiano ha ofrecido a la humanidad grandes mujeres, plenamente femeninas, a imagen de María, la madre de Jesús, y entregadas de lleno, en la virginidad o en el matrimonio, a una maternidad amplia y fecunda. La mujer no ha de dejar de ser mujer para ser más, sino que precisamente siendo mujer, plenamente mujer, encontrará su plenitud.

Es chocante que al destacar la importancia del papel de la mujer en la Iglesia se destaque el hecho de que todas las mujeres están llamadas en cuanto tales a la santidad, lo que es obvio lo destacan como un signo distintivo. Tengamos en cuenta que la santidad es la obra del Espíritu Santo en la Iglesia, en virtud de la cual el hombre, en todas las dimensiones de su existencia, se renueva y se hace reflejo e instrumento dócil de la Voluntad Divina para su obra de salvación en el mundo. Proceso lento y vital que solamente al final de los tiempos alcanzará su plenitud.
El Concilio Vaticano II, remontándose a los tradición bíblica y eclesial recupera la realidad de la santidad como una llamada universal, quiere asi acabar con una resticción de la santidad demasiado encasillada en grados.  El punto de partida fueron los hechos o datos de la experiencia actual. La importancia del laicado, la acción católica, la espiritualidad conyugal, el ecumenismo, la apertura al mundo, la sensibilidad pastoral en general, han contribuido a renovar la fisonomía de la santidad.

No se insiste bastante en la santidad de la Iglesia en cuanto comunidad, se restringe a los religiosos con escasa atención a los demás estados de vida.
La santidad es un don personal de Dios, comunicación permanente de Dios Trino en fe y amor. Intimamente presente al hombre, se hace vida del hombre. Queda santificado hasta el cuerpo, no por un gesto ocasional que le marcara, sino por la inhabitación del Espíritu, que lo convierte tal y como es, cuerpo y espíritu, en morada permanente y base de su irradiación en el mundo (Cor 6,19). Es un don para irradiar, difundir, contagiar a toda la humanidad. La santidad es un ministerio, una misión. El Espíritu transforma y santifica a una persona, a una comunidad, para hacerlas instrumentos adecuados que lleven a cabo su obra de salvación en el mundo. Lo SANTO en el lenguaje Bíblico designa una realidad compleja que toca el misterio de Dios, el culto y la moral, englobado y sobrepasando las nociones de sacro y puro. La noción Bíblica se refiere a la fuente de la santidad, a su comunicación a los hombres por la participación del Espíritu, y en el hombre a su irradiación vital ética. Incluyendo la separación de lo profano, la pertenencia a Dios sobre todo por la participación de su santidad, y la resonancia moral en el hombre.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Regla de vida cristiana (IX).

Andar sin camino
Es indudable que el cristiano carnal suele sentir repugnancia a sujetar su vida a normas, y ve con recelo todo lo que sea plan o regla de vida, por muy modificables que sean. Él prefiere vivir con «más libertad» (?), haciendo nacer sus obras buenas una a una, según su ánimo y el momento. Es la tentación más común.
Pero también existe la tentación contraria. Es indudable que el cristiano carnal tiende a apoyarse en sí mismo, procura controlar su propia vida espiritual, y pretende -con la mejor voluntad (?)- avanzar en ella según sus propias ideas sobre la vida cristiana y según su temperamento personal. En vez de perderse de sí mismo, dejándose conducir por Dios, muchas veces a ciegas, a él le gusta
caminar con mapa, por un camino claro y previsible. Pues bien, también esta tentación debe ser conocida por aquellos que pretenden ayudar su espíritu con ciertas leyes personales o comunitarias.
Conviene, pues, saber en esto que algunas veces dispone Dios que ciertos hijos suyos vayan conducidos día a día por su mano, sin un camino bien trazado, en completa disponibilidad a su gracia providente, lo que implica un despojamiento personal no pequeño. Quizá estos cristianos pretenden clarificar y asegurar sus vidas encauzándolas por ciertos caminos bien determinados. Pero si eso no está de Dios, al menos por ahora, y ellos son realmente de los que «obran la verdad» (Jn 3,21), acabarán por entender y aceptar que el Señor no quiere para ellos camino cierto, al menos por ahora, y que pretenderlo, asumiendo, por ejemplo, un buen conjunto de normas, sería contrariar su bendita voluntad. ¡Qué más querrían que tener un camino bien trazado! Pero Dios no se los da. Sólo tienen a Cristo, que les dice: «yo mismo soy cada día vuestro Camino. ¿No os basto?». br> Quédense, pues, estos cristianos con los diez mandamientos de Dios y los cinco de la Iglesia, y busquen con toda su alma la perfección evangélica, dejándose llevar por Dios, y no pretendan tomar sobre sí otras normas positivas más concretas, que a ellos no les serían ayuda sino estorbo.
(Tomado de Documentos de apoyo | Base documental de Catholic.net). .

Regla de vida cristiana ( VIII).

Modificación de las normas
Las Reglas comunitarias de vida no deben modificarse fácilmente, pues ellas conducen a muchas personas. Sólo por graves razones y en los modos convenientes -en un capítulo, en una asamblea- podrán ser modificadas.
Pero los planes o reglas de vida personales sí deben a veces modificarse, a medida que se desarrolla la persona espiritualmente, o si cambian las circunstancias de su vida. También los vestidos de una persona deben ir haciéndose nuevos en las diversas fases de su crecimiento.
Téngase en cuenta en esto que las normas exigen siempre deberes mínimos y por eso mismo, en la medida en que Dios va dando el crecimiento espiritual, deben ser modificadas y llevadas a más -ir a misa todos los días-. De otro modo, la sujeción a ciertos planes o reglas de vida espiritual llevaría en sí el peligro de frenar el crecimiento, cuando en realidad se han dispuesto solamente para estimularlo.
(Tomado de Documentos de apoyo | Base documental de Catholic.net).

Regla de vida cristiana (IV).

Por la regla de vida se establece una alianza con Dios
Cuando, por gracia divina, un cristiano profesa una cierta regla de vida religiosa o laical, establece con Dios una alianza personal. Según el lado visible de esa alianza, el cristiano se obliga en conciencia a la práctica de ciertas obras buenas. Pero el lado más importante de la alianza es invisible: es, si así puede decirse, el compromiso que Dios adquiere para asistir al cristiano en el cumplimiento de esa regla de vida que Él, por su gracia, le ha concedido profesar. Y toda alianza debe ser guardada con fidelidad. Las obras en ella acordadas entre Dios y el hombre deben ser hechas con obstinada constancia, sean cuales fueren las ganas que el cristiano sienta o las circunstancias de cada momento. Son obras acerca de las cuales el cristiano normalmente no debe ejercitar discernimientos particulares; simplemente, debe hacerlas, pues la misma alianza le asegura que Dios quiere moverle a ellas por su gracia. Solamente si, en un momento determinado, mandan otra cosa la caridad, la prudencia o la obediencia, deberá omitir toda o parte de la obra acordada. Y por otra parte, cuando un cristiano religioso o laico profesa una regla común de vida espiritual, establece también una alianza con otros hermanos, que han recibido de Dios también la misma gracia de profesarla. En adelante, por amorosa providencia de Dios, unos y otros se ayudarán a recorrer el mismo camino. Y también aquí la gracia asume le naturaleza, pues es natural al hombre, aunque no necesario, recorrer su camino acompañado y ayudado por otros.
La victoria sobre los tres enemigos La semilla divina de las buenas intenciones, según enseña el Señor, puede quedar infecunda en el corazón del hombre por la flaqueza de su carne, que es voluble e inconstante, y cede fácilmente ante las dificultades (lo sembrado en tierra pedregosa); por las incesantes fascinaciones del mundo, asuntos propios, seducciones, riquezas (lo sembrado entre espinas); o por la acción del Maligno, que arrebata, como un pájaro perverso, la semilla celeste (lo sembrado en el camino) (Mt 13,1-23). Pues bien, el cristiano se sujeta a un plan de vida o a una regla, con la gracia de Dios, para poder vencer mejor a sus tres enemigos:
—1. Para librarse de la carne. Quisiera el cristiano, por ejemplo, entregar a Dios diariamente en la oración una hora de las veinticuatro que Él le da con amor cada día. Pero si no está guiado en esto por una norma, consciente y libremente asumida en su momento, si cada vez que va a la oración ha de formular un discernimiento justo en la fe, y ha de impulsar en la caridad un acto volitivo que le lleve a ella y en ella le mantenga, será muy difícil que guarde con fidelidad constante su buen propósito. Una y otra vez fallará el discernimiento de su mente y desfallecerá así el esfuerzo de su voluntad. Un día se dirá «hoy me viene muy mal»; otro decidirá «ahora no, porque estoy muy cansado; después», pero después surgirá otra cosa que lo hará imposible, etc. Y así una y otra vez. «El espíritu está pronto, pero la carne es flaca» (Mt 26,41). La debilidad de nuestro amor se ve confortada no poco por la fidelidad a la ley. -Los sacerdotes, por ejemplo, que estamos obligados al rezo de las Horas en conciencia, vamos a ellas sin mayores esfuerzos de discernimiento y decisión: nuestro conciencia impulsa una y otra vez esa oración bajo el imperativo directo de una gracia claramente entendida: «debo rezar esta Hora» -Dios lo quiere, Dios ciertamente me lo quiere dar-. Tiene que haber serias causas, que no se dan muchas veces, para que en un momento dado hayamos de pensar lo contrario, y renunciemos al rezo de una Hora. Y así se afirma en nuestra vida una costumbre, mejor, un hábito virtuoso, una virtud, que nos facilita alabar al Señor cada día, y cada día interceder por los hombres. ¿Qué sería en nosotros de las Horas litúrgicas si el rezo de cada Hora quedara condicionado en cada ocasión al discernimiento o al impulso devocional del momento? -Y los religiosos, del mismo modo, están obligados también a la oración privada y litúrgica, de tal modo que, cuando llega la hora, van a la oración con ganas o sin ellas, lo mismo si durmieron bien o si tuvieron insomnio, sin discernimientos previos innecesarios. Van porque tienen claro que deben ir; mejor aún, van porque saben que Dios, por la alianza de la regla, les quiere dar su gracia para realizar, en compañía de su hermanos, esa buena obra que la regla prescribe. -¿Y los laicos? ¿No querrá Dios fomentar la oración en la vida de los laicos cristianos mediante compromisos análogos, aunque no idénticos? Es tan grande el desgaste energético de la voluntad, valga la expresión, para ir impulsando en cada ocasión, aquí y ahora, una obra buena, que muchas veces queda ésta sin realizarse, paralizada por discernimientos falsos o demorada a otra ocasión, que no llegará a darse. La norma de vida, por el contrario, da a las buenas obras un impulso sostenido, el propio de la virtud, que es un hábito bueno. Por eso, mientras el cristiano no logre para la oración, la lectura espiritual, la misa y la confesión frecuente, etc. un estatuto volitivo tan firme y estable como el que le asiste para ir a trabajar, a comer o a dormir, las prácticas religiosas de su vida espiritual serán normalmente escasas, intermitentes, crónicamente insuficientes.
Esos ejercicios de la vida interior, la más profunda y explícitamente arraigada en Dios, serán siempre el pariente pobre en el conjunto de los asuntos de su vida, y cualquier otra cosa será suficiente para desplazarla. Parece entonces como si todas las cosas del mundo secular -trabajo, comida, sueño, diversión- tuvieran un derecho indiscutible en la vida de los laicos; en tanto que las cosas más vinculadas a Dios sólo con el permiso de todas las demás cosas profanas pudieran lograr un espacio eventual, vergonzante, normalmente escaso -muy medido- y siempre amenazado. Y ésa es una miseria que mantiene a muchos cristianos seglares, año tras año, en una crónica mediocridad.
— 2. Para librarse del mundo. Un camino de vida ha de orientar permanentemente la existencia del cristiano a la luz de la fe y de la caridad. Este camino, que se ha trazado, partiendo de la experiencia, en una hora de especial lucidez espiritual, ha de ser defendido de las innumerables llamadas del mundo, muchas veces fascinantes y sumamente persuasivas, que invitan a dejar el camino -¡por una vez, al menos!, que en realidad serán muchas-, y a caminar por otras direcciones. Es así como la fidelidad al camino trazado en Cristo no solamente conforta la debilidad de la carne, sino también libera de la esclavitud embrutecedora del mundo.
—3. Para liberarse del demonio. Éste, «padre de la mentira» (Jn 8,44), separa de Dios a los cristianos sirviéndose normalmente de la complicidad de la carne y del mundo. Por eso, si una norma de vida, personal o comunitaria, nos ayuda a vencer carne y mundo, nos ayuda también a vencer las insidias continuas del demonio.
(Tomado de Documentos de apoyo | Base documental de Catholic.net).

Regla de vida cristiana (III). Una regla individual de vida, obligatoria en conciencia

La regla de vida en los laicos A la vista de lo anteriormente expuesto, podemos ya preguntarnos: si los religiosos no pueden buscar la perfección de la caridad sin la ayuda de una regla, a la que se obligan por unos votos, ¿podrán los laicos aspirar a la santidad sin ayudarse de cierto plan o regla de vida, al que de uno u otro modo se obligan en conciencia? Dejo para el próximo capítulo la segunda parte de esta cuestión, y atiendo ahora a la primera. Es una cuestión compleja, que, como veremos, no admite una respuesta única y simple.
Pero antes, una distinción de términos. Por plan de vida entiendo aquí un conjunto de propósitos, firmemente establecido por una o más personas, aunque revisable, no propiamente obligatorio en conciencia. Con el término regla de vida me refiero a un plan de vida al que la persona, sola o con otras, se obliga en conciencia, con promesa, voto u otras formas de compromiso. Y cuando hablo de vivir según normas, ajustándose a una disciplina, o empleando otras fórmulas equivalentes, me refiero indistintamente, como podrá apreciarse por el contexto, al plan o a la regla de vida.
-1. La Iglesia da a todos los laicos cristianos ciertas leyes, cuyo cumplimiento, por supuesto, es necesario para la perfección. Ya las he aludido antes. Versan sobre cuestiones de suma importancia -eucaristía, confesión, comunión, penitencia, antes diezmos, etc.-, y son llamativamente poco numerosas. Esto último se explica porque «la ley mira la generalidad», y es tal la diversidad de situaciones y de edades espirituales en los fieles laicos, que resulta prácticamente imposible establecer para todos ellos unas leyes que les sean espiritualmente favorables. Consiguientemente, la Iglesia se abstiene de hacerlo, y solamente legisla acerca de lo más imprescindible.
Incluso la Iglesia es consciente de que dar una ley universal no está exento de ciertos peligros, habiendo muchos cristianos carnales, sumamente incipientes. Puede dar ocasión, por ejemplo, a problemas innecesarios de conciencia o a cumplimientos sacrílegos. Viniendo a un caso bien grave: ¿está generalmente en condiciones de comulgar con fruto aquel cristiano que no comulgaría en todo un año si la Iglesia no se lo mandara?... Apunto sólo el problema.
-2. No parece imprescindible para la santificación de los laicos un camino de vida bien trazado. Si no, la Iglesia lo recomendaría vivamente, y no lo hace. No parece tampoco que todos los laicos puedan tenerlo, pues en no pocos casos su vida, inevitablemente, es completamente imprevisible. Sí será necesaria, en un sentido más general, una cierta ordenación de su vida, si de verdad han de tender a la perfección. El orden conduce a Dios («ordo ducit ad Deum», dice San Agustín). Ahora bien, esta ordenación no es sino una finalización de todos los aspectos de la vida hacia Dios, por amor y servicio; sin que implique necesariamente un conjunto de propósitos o de normas bien determinado.
-3. En todo caso, sin un cierto plan de vida no parece viable la búsqueda de la perfección. Aunque sea un plan muy elemental. Ya vimos que es natural a todo intento humano de importancia procurarlo con un cierto plan bien ordenado. O dicho en otras palabras: quien pretende sinceramente la santidad sujeta su vida a una disciplina adecuada a sus circunstancias personales, y no permite que el intento falle una y otra vez, en buena parte por estar abandonado a los discernimientos eventuales de cada ocasión. En la práctica, y dado lo que es el ser humano, muchas veces la búsqueda de la perfección quedará así a merced de su gana interior o de las circunstancias exteriores, cambiantes unas y otras de cada día.
-4. El laico ha de considerar el seguimiento de una regla de vida, a la que se obliga en conciencia, como un gran don de Dios, es decir, como algo sumamente aconsejable. Y aún más deseable, en principio, es que esa regla de vida sea seguida al mismo tiempo por varios laicos, unidos en un solo espíritu. De hecho, ya desde antiguo, terciarios, cofrades, penitentes, como también los miembros de los modernos movimientos o asociaciones de fieles, han protegido y estimulado su caridad ajustando su vida a ciertas reglas, comúnmente profesadas.
En efecto, la profesión fiel de una regla de vida da al laico -como al religioso- una constante orientación hacia la santidad, le facilita grandemente la realización de ciertas obras buenas, y le libra al mismo tiempo de muchos discernimientos aislados, que al haberse de realizar para cada acto, se ven con frecuencia sujetos al error, por atenerse de hecho a los cambiantes estados de ánimo o a las circunstancias. De este modo, obligarse en conciencia a una regla de vida puede ayudar notablemente al cristiano laico para vencer juntamente la debilidad de la carne, los condicionamientos adversos del mundo y los engaños del demonio. Volveré sobre todo esto.
-5. No siempre, sin embargo, será posible o aconsejable para un laico sujetarse en conciencia a una regla comunitaria de vida. Esta afiliación a un cierto camino espiritual concreto, realizada en forma asociada, es una gracia que no siempre quiere Dios conceder a todos. Los religiosos sí que pueden obligarse en conciencia al cumplimiento de una regla bien determinante, pues habiendo «dejado el mundo», es decir, estando plenamente descondicionados de trabajos, familia y ambiente social, pueden constituir libremente entre sí, con la gracia de Dios y sin especiales problemas, un medio homogéneo de vida, en el que coinciden tanto en los fines como en los medios. Pero los laicos, viviendo normalmente al interior de una familia, y viéndose en una situaciones sociales y labores, que en buena parte les vienen impuestas y escapan a su dominio, experimentan para esto con frecuencia dificultades especiales.
-6. Una regla individual de vida, obligatoria en conciencia, será en cambio muchas veces posible y aconsejable para el laico. Por lo demás, siendo personal, será siempre una regla revisable, si así lo requieren los cambios individuales o circunstanciales, o si así lo aconsejara el director espiritual.
(Tomado de Documentos de apoyo | Base documental de Catholic.net).

lunes, 9 de septiembre de 2013

La regla de vida ayuda en nuestra vida cristiana.

La regla de vida: ayuda para nuestra vida cristiana.


 “Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Tesalonicenses 4:3). 
¿Cuál es la regla de vida para el creyente?
¿Por cuál regla debería vivir? ¿Cómo ha de vivirse la vida cristiana?
¿Qué normas debo seguir y en qué debo fijar la vista?
 Como creyente, ¿cómo debo andar?
 ¿Cuál es la clave para vivir la vida cristiana?
¿Qué debo hacer para vivir una vida que agrade a Dios?
¿Cómo puedo vivir una vida santa?
¿Cómo puedo caminar por la senda que Dios ha escogido para mí, la senda de santidad y santificación?


Estas preguntas son importantes y han sido respondidas en al menos dos maneras distintas.
Algunos insisten en que la regla de vida del creyente es la LEY. Cuando dicen “LEY”, se refieren en especial a la ley moral de Dios como es expuesta en los Diez Mandamientos. ¿Cómo he de vivir?.
Su respuesta sería ésta: “Debo vivir por la ley de Dios. Debo vivir por los Diez Mandamientos.
Esta es mi regla de vida. La clave para vivir la vida cristiana y la clave para andar en santidad es tratar de obedecer la  ley de Dios, especialmente los Diez Mandamientos, que el Señor Jesús resumió en dos grandes mandamientos: amar a Dios con todo tu corazón y amar a tu prójimo como a ti mismo”. 

 Estos son los textos bíblicos.
22:36 "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?"
22:37 Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.
Deuteronomio 6, 5 Marcos 12, 30 Lucas 10, 27
22:38 Este es el más grande y el primer mandamiento.
22:39 El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Levítico 19, 18 Mateo 5, 43 Mateo 19, 19 Marcos 12, 31 Lucas 10, 27 Romanos 13, 9 Gálatas 5, 14