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miércoles, 17 de diciembre de 2014

Desde los "Cenáculos de Betania", estamos llamados a ser "TESTIGOS de la LUZ".

Desde los "Cenáculos de Betania", estamos llamados a ser
"TESTIGOS de la LUZ".
"Que brille vuestra luz ante los hombres de modo que al ver vuestras buenas obras reconozcan a vuestro Padre de los cielos"(Mt 5, 16):
"Hubo un hombre enviado por Dios, llamado Juan, que vino como testigo, para dar testimonio de la luz, de modo que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino un testigo de la luz..." (Jn 1,6).
Juan desarrolla su ministerio en “Betania, en la otra orilla del Jordán”. Betania significa “casa del testimonio”, y puede tener valor simbólico porque indica exactamente lo que debe llegar a ser toda comunidad: una verdadera casa del testimonio.
En nuestros "CENACULOS de BETANIA", estamos llamados a hacer realidad esta vivencia del testimonio.
Nuestro testimonio de Jesús consiste en que se vea en nosotros la luz de Jesús. Esta luz se ve incluso en nosotros pecadores, porque no anunciamos al mundo nuestra luz, sino la luz de Jesús que va cambiado nuestra vida y hace a la gente preguntarse por qué.
Así, nuestro anuncio profético, nuestro testimonio de Jesús, no son preferentemente nuestras palabras, sino nuestro modo de vivir, nuestra jerarquía de valores, nuestro modo de estar en el mundo, al estilo de Jesús. Esta idea se expresa perfectamente en el Sermón del Monte
Así, cada uno de nosotros ha asumido la vocación de ser para los demás "el testigo de la luz": la dinámica interna de nuestra conversión, el motivo de nuestro esfuerzo por salir del pecado es, sobre todo, la necesidad de no entorpecer la visibilidad de Dios. Dios ha de ser visible en nuestra conversión,
"... la fe cristiana consiste en ser tocados por Dios y ser sus testigos. Entonces podemos decir: la Iglesia existe para que Dios, el Dios viviente, sea anunciado para que el hombre pueda aprender a vivir con Dios, bajo su mirada y en comunicación con él. La Iglesia existe para evitar el avance del infierno sobre la tierra y para hacer que ésta sea más habitable a la luz de Dios. Gracias a Él y solamente gracias a Él, la tierra será humana. Aunque sólo fuera por este motivo, la Iglesia debe seguir existiendo, porque un posible venir a menos arrastraría a la Humanidad al torbellino de las tinieblas, de la oscuridad, incluso a la destrucción de lo que le hace hombre. Por eso la Iglesia debe medirse consigo misma y también con la manera en que se viven en ella la presencia de Dios, el conocimiento y la aceptación de su voluntad. Cuantas más vueltas dé la Iglesia sobre sí misma y no tenga ojos más que para buscar los objetivos de su supervivencia, en esa misma medida se convertirá en superflua y se debilitará, aunque disponga de grandes medios y utilice hábiles técnicas directivas y de gestión. Si no vive en ella el primado de Dios, no puede vivir ni dar fruto". (Joseph Ratzinger, "Testigos de la luz de Dios", La Razón, 23.IV.01).
Tres llamadas o invitaciones en nuestra vida cristiana.

1) Somos enviados
2) a ser testigos de la luz.
3) Caminando en y por todos los caminos que transitan los hombres.
Estos pasos “somos enviados,  siendo testigos de la luz , para caminar en y por  todos los caminos por los que transitan los hombres,”.
1) Somos enviados. No andamos por nuestra cuenta. El Señor se acercó a nosotros para que lo diésemos a conocer. Si para nosotros el conocer y vivir en intimidad con el Señor es fuente de alegría, sentiremos la necesidad de  que todos los hombres conozcan la alegría del Evangelio. Por ello dar y proclamar la “buena noticia”, que es el mismo Jesucristo, tiene que ser una urgencia y realidad en nuestra vida.
2) Somos llamados a ser  testigos de la luz: Dios nos llama e invita a ser testigos de la luz. No somos la luz, la luz es Él, pero el Señor nos invita a ser testigos de la misma. Proclamemos con nuestra vida el año de gracia del Señor, que es año de amnistía, liberación, de abrir corazones, de quitar desgarros. Dios que es fiel, se fía de nosotros.
3) Para ello debemos caminar en y por todos los caminos que transitan los hombres: siempre atentos a quienes viven junto a nosotros, para proponer con nuestras obras; y también en algún momento con nuestras palabras. Atentos con todos, conociendo todas las circunstancias, cogiendo siempre lo bueno y eliminando de nuestra vida toda forma de maldad, ya que quien es Bueno nos llama a transitar por la vida dándole a Él. Nuestra tarea en las circunstancias de nuestra vida es tener clara conciencia que el Señor nos llama a ser luz.
En estas fechas y de forma especial en la oscuridad de la Noche de Navidad, en todas nuestras casas “encendamos  una vela y coloquémosla  en una de las ventanas de la casa”.
¡Que la luz de Dios ilumine en esta noche la oscuridad!
 ¡Que sepamos mantener esa luz también en la vida de cada día!.
Feliz y Santa Navidad a todos nuestros amigos y visitantes y a todas las criaturas de Dios.
Rafael Pla Calatayud.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Vida cristiana, vida de perdón.


En la Biblia es el pecador un deudor cuya deuda condona Dios (heb. salah: Num 14,19); condonación tan eficaz que Dios no ve ya el pecado, que queda como echado detrás de él Is 38,17, que es quitado (heb. nasa'; Ex 32,32), expiado, destruido (heb. kipper: Is 6,7). Cristo, utilizando el mismo vocabulario, subraya que la condonación o remisión es gratuita y el deudor insolvente Lc 7,42 Mt 18,25ss. La predicación primitiva tiene por objeto, al mismo tiempo que el don del Espíritu, la remisión de los pecados, que es su primer efecto, y a la que llama aphesis Lc 24,47 Act 2,38; poscomunión del martes de pentecostés. Otras palabras, como purificar, lavar, justificar, aparecen en los escritos apostólicos que insisten en el aspecto positivo del perdón, reconciliación y reunión.
Frente al pecado es donde el Dios celoso Ex 20,5 se revela un Dios de perdón. La apostasía subsiguiente a la alianza, que merecería la destrucción del pueblo Ex 32,30ss es para Dios ocasión de proclamarse «Dios de ternura y de piedad, lento a la ira, rico en gracia y en fidelidad..., que tolera falta, transgresión y pecado, pero no deja nada impune...»; así Moisés puede orar con confianza y seguridad: «Es un pueblo de dura cerviz. Pero perdona nuestras faltas y nuestros pecados y haz de nosotros tu heredad» Ex 34,6-9.
Humana y jurídicamente no se justifica el perdón. El Dios santo ¿no debe revelar su santidad por su justicia Is 5,16 y descargarla sobre los que le desprecian 5,24? ¿Cómo podría contar con el perdón la esposa infiel a la alianza, ella que no se ruboriza por su prostitución Jer 3,1-5? Pero el corazón de Is 55,7ss.
Dios no es el del hombre, y el santo no gusta de destruir Os 11,8s: lejos de querer la muerte del pecador, quiere su conversión Ex 18,23 para poder prodigar su perdón; porque «sus caminos no son nuestros caminos», y «sus pensamientos rebasan nuestros pensamientos» en toda la altura del cielo
Esto es lo que hace tan confiada la oración de los salmistas: Dios perdona al pecador que se acusa Sal 32,5 2Sa 12,13; lejos de querer perderlo Sal 78,38, lejos de despreciarlo, lo recrea, purificando y colmando de gozo su corazón contrito y humillado Sal 51,10-14.19 32,1-11; fuente abundante de perdón, es un padre que perdona todo a sus hijos Sal 103,3.8-14. Después del exilio no se cesa de invocar al «Dios de los perdones» Neh 9,17 y «de las misericordias» Dan 9,9, siempre pronto a arrepentirse del mal con que ha amenazado al pecador, si éste se convierte Jl 2,13; pero Jonás, que es el tipo del particularismo de Israel, queda desconcertado al ver que este perdón se ofrece a todos los hombres Jon 3,10 4,2; por el contrario, el libro de la Sabiduría canta al Dios que ama todo lo que ha hecho y que tiene piedad de todos, que cierra los ojos a los pecados de los hombres a fin de que se arrepientan, que los castiga poco a poco y les hace presente en qué pecan a fin de que crean en él Sab 11,23-12,2; manifiesta así que es el todopoderoso, del que es propio perdonar Sab 11,23.26; colecta del décimo domingo después de pentecostés y oración de las letanías de los santos.

viernes, 7 de marzo de 2014

El Papa Francisco lleva una bolsita en el pecho con la cruz de un Rosario de un anciano confesor,

Pensemos en tantos curas que están en el cielo y pidamos la gracia de la misericordia

(RV).- (con audio) El Papa Francisco lleva una bolsita en el pecho con la cruz de un Rosario de un anciano confesor que era de Buenos Aires, que cuando Juan Pablo II estando en la capital argentina pidió un confesor en la Nunciatura, fue él... El Obispo de Roma en el encuentro que mantuvo con los sacerdotes de su diócesis, al comenzar la Cuaresma, contó una vivencia suya, haciendo hincapié en la gracia de la misericordia. Gracia que se debe invocar, no sólo en el tiempo cuaresmal, dijo señalando que en toda la Iglesia es el tiempo de la misericordia. Escuchemos las palabras del Papa Bergoglio contando cómo hizo para tener la cruz, del rosario de ese confesor y destacando «¡cuánto bien hace el ejemplo de un sacerdote misericordioso, un sacerdote que se acerca a las heridas»:
«Y siempre había una cola de gente allí, en la iglesia del Santísimo Sacramento. En ese tiempo, yo era Vicario General y vivía en la Curia. Y todas las mañanas, temprano, bajaba donde estaba el fax para ver si había llegado algo. Y la mañana de Pascua leí un fax del superior de la comunidad: "Ayer, media hora antes de la Vigilia Pascual, murió el padre Aristi, tenía 94 o 96 años. El funeral será tal día...". Y la mañana de Pascua yo tenía que ir a almorzar con los sacerdotes de la residencia de ancianos – como hacía por lo general en la Pascua. Luego - me dije - después de almorzar iré a la iglesia. Era una iglesia grande, muy grande, con una hermosa cripta. Bajé a la cripta y allí estaba el ataúd, sólo dos señoras ancianas estaban allí rezando, pero no había ninguna flor. Pensé: pero a este hombre, que perdonó los pecados de todo el clero de Buenos Aires, también a mí, ni siquiera una flor... Fui a una floristería - porque en Buenos Aires en los cruces de las calles hay floristerías - y compré flores, rosas ... Volví y empecé a preparar bien el ataúd, con flores ... Miré el rosario en su mano ... y entonces se me ocurrió ... - el ladrón que todos tenemos dentro, ¿no? - Mientras arreglaba las flores agarré la cruz del rosario, y con un poco de fuerza la arranqué. En ese momento lo miré y le dije: ‘Dame la mitad de tu misericordia’. ¡Sentí una cosa fuerte que me dio el coraje para hacer esto y para este ruego! Y después esa cruz me la puse, aquí - en mi bolsillo (el Papa señala el pecho). Y aunque las camisas del Papa no tienen bolsillos, yo llevo siempre una bolsita de tela aquí (el Papa señala el pecho) y desde ese día hasta hoy, esa cruz está siempre conmigo. Y cuando tengo un mal pensamiento en contra de alguien, mi mano se dirige aquí, (el Papa señala el pecho) siempre. ¡Y siento la gracia ! Eso me hace sentir bien.
¡Cuánto bien hace el ejemplo de un sacerdote misericordioso, un sacerdote que se acerca a las heridas ...
Si lo piensan bien - ustedes seguro que han conocido a muchos, muchos, porque ¡los sacerdotes en Italia son buenos. Son buenos. Yo creo que si Italia sigue siendo tan fuerte, no es tanto por nosotros los obispos, sino por los sacerdotes! Es verdad, ¿no? No los incienso para consolarlos. Es algo que yo siento así.
La misericordia. ¡Piensen en tantos sacerdotes que están en el cielo y pídanles esta gracia! ¡que les den aquella misericordia que han tenido con sus fieles. Y esto hace bien.
Muchas gracias por su atención y por estar aquí.
Angelus Domini ...»

domingo, 2 de marzo de 2014

“No basta pedir perdón al Señor interiormente; es necesario confesar con humildad los propios pecados ante el sacerdote, que representa a Dios y a la Iglesia”.


"...el perdón de los pecados no es fruto de nuestro esfuerzo personal, sino don del Espíritu Santo que nos purifica con la misericordia y la gracia del Padre. La Confesión, que se realiza de forma personal y privada, no debe hacernos olvidar su carácter eclesial.
En la comunidad cristiana es donde se hace presente el Espíritu Santo, que renueva los corazones en el amor de Dios y une a todos los hermanos en un solo corazón, en Jesucristo. Por eso, no basta pedir perdón al Señor interiormente; es necesario confesar con humildad los propios pecados ante el sacerdote, que representa a Dios y a la Iglesia. El ministerio de la Reconciliación es un auténtico tesoro, que en ocasiones corremos el peligro de olvidar, por pereza o por vergüenza, pero sobre todo por haber perdido el sentido del pecado, que en el fondo es la pérdida del sentido de Dios".

Texto completo de la catequesis del Papa del miércoles 19 de febrero.
Queridos hermanos y hermanas ¡Buenos días! A través de la iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, el hombre recibe la vida nueva en Cristo. Ahora, todos lo sabemos, llevamos esta vida en “vasos de barro” (2 Cor 4,7),estamos todavía sometidos a la tentación, al sufrimiento, a la muerte y, a causa del pecado, podemos incluso perder la vida nueva. Por esto el Señor Jesús ha querido que la Iglesia continúe su obra de salvación también a través de sus propios miembros, en especial con el Sacramento de la Reconciliación y el de la Unción de los enfermos, que pueden unirse bajo el nombre de “Sacramentos de curación”. El Sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación, cuando yo voy a confesarme es para curarme, curarme el corazón, el alma, de algo que he hecho que no está bien. La imagen bíblica que lo expresa mejor, en su profundo vínculo, es el episodio del perdón y de la curación del paralítico, donde el Señor Jesús se revela al mismo tiempo médico de las almas y de los cuerpos (cfr Mc 2,1-12 // Mt 9,1-8; Lc 5,17-26).
1. El Sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación surge directamente del misterio pascual. De hecho, la misma noche de Pascua el Señor se apareció a los discípulos, encerrados en el cenáculo y, después de haberles dirigido el saludo: ‘¡Paz a vosotros!’, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A los que perdonéis los pecados, les serán perdonados (Jn 20, 21-23). Esta cita desvela la dinámica tan profunda que se contiene dentro de este Sacramento. Antes que nada, el hecho de que el perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos a nosotros mismos. Yo no puedo decir: yo me perdono los pecados.
El perdón se pide, se pide a Otro. En la Confesión pedimos perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, es un regalo. Es un don del Espíritu Santo, que nos llena con el baño de misericordia y de gracia que surge incesantemente del corazón abierto del Cristo crucifijo y resucitado.
En segundo lugar, nos recuerda que solo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podamos estar verdaderamente en la paz.
Y esto lo hemos sentido todos en el corazón cuando nos vamos a confesar, con un peso en el alma, un poco de tristeza y cuando recibimos el perdón de Jesús estamos en paz, con esa paz en el alma tan bella que solo Jesús nos puede dar. ¡Sólo Él!
2. Al mismo tiempo, la celebración de este Sacramento pasa de una forma pública, porque al principio se hacía públicamente, pasó de la pública a la personal y reservada de la Confesión. Esto, sin embargo, no debe hacer perder la matriz eclesial, que constituye el contexto vital. De hecho, es la comunidad cristiana el lugar en el que se hace presente el Espíritu, el cual renueva los corazones en el amor de Dios y hace de todos los hermanos una cosa sola, en Cristo Jesús. He aquí la razón por la que no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, pero es necesario confesar humildemente y con confianza los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este Sacramento, el sacerdote no representa solo a Dios, pero toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de todos sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con él, que lo anima y lo acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana. Uno puede decir: ‘Yo solo me confieso con Dios’.
Bueno tú puedes decirlo, puedes decirle tus pecados, pero tus pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Por eso es necesario pedir perdón a los demás y a la Iglesia en la persona del sacerdote. ‘Pero Padre me da vergüenza!’ Pues la vergüenza es buena, es saludable tener un poco de vergüenza. Avergonzarse es saludable.
Cuando una persona no tiene vergüenza en mi país se dice que es un sinvergüenza. La vergüenza hace bien porque nos hace más humildes. Y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión y en nombre de Dios perdona. También desde el punto de vista humano, para desahogarse es bueno hablar con el hermano y decir al sacerdote las cosas pesadas de mi corazón, uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia, con el hermano. No tengáis miedo de la Confesión.
Uno, cuando está en la cola para confesarse, siente todas estas cosas incluso la vergüenza. Pero cuando termina la confesión sale libre, bello, grande, perdonado, blanco, feliz.
¡Esta es la belleza de la confesión! Yo quisiera preguntaros, pero no me contestéis en voz alta, contestaos cada uno en vuestro corazón: ¿Cuándo fue la última vez que te confesaste? Que cada uno piense… ¿Dos días, dos semanas, dos años, veinte años, cuarenta años? Que cada uno haga su cuenta. Que cada uno se pregunte: ¿Cuándo fue la última vez que me confesaste? Y si ha pasado mucho tiempo, no pierdas otro día, ve hacia delante que el sacerdote será bueno, y Jesús es más bueno que el sacerdote y Él te recibe con mucho amor ¡sé valiente y ve a confesarte!
3. Queridos amigos, celebrar el Sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos por un abrazo cálido: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. Recordemos esa bella Parábola del hijo que se ha ido de su casa con el dinero de la herencia, ha malgastado todo ese dinero y cuando no tenía nada, decide volver a casa pero no como hijo sino como siervo, con mucha culpa y vergüenza en el corazón. La sorpresa es que cuando comenzó a hablar para pedirle perdón el Padre no le dejó hablar sino que lo abrazó, lo besó e hizo fiesta.
Yo os digo: Cada vez que nos confesamos Dios nos abraza y hace fiesta. Vayamos adelante en este camino, ¡qué Dios os bendiga!
Resumen de la catequesis y saludo del Papa en español
Queridos hermanos y hermanas: La catequesis de hoy está centrada en el sacramento de la Reconciliación, con el que el Señor continúa su obra de salvación entre nosotros. Este sacramento brota directamente del Misterio Pascual. Jesús Resucitado se apareció a sus apóstoles y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo, a quienes perdonen los pecados, les quedarán perdonados». Así pues, el perdón de los pecados no es fruto de nuestro esfuerzo personal, sino don del Espíritu Santo que nos purifica con la misericordia y la gracia del Padre.
La Confesión, que se realiza de forma personal y privada, no debe hacernos olvidar su carácter eclesial. En la comunidad cristiana es donde se hace presente el Espíritu Santo, que renueva los corazones en el amor de Dios y une a todos los hermanos en un solo corazón, en Jesucristo. Por eso, no basta pedir perdón al Señor interiormente; es necesario confesar con humildad los propios pecados ante el sacerdote, que representa a Dios y a la Iglesia.
El ministerio de la Reconciliación es un auténtico tesoro, que en ocasiones corremos el peligro de olvidar, por pereza o por vergüenza, pero sobre todo por haber perdido el sentido del pecado, que en el fondo es la pérdida del sentido de Dios. Convirtiéndonos a nosotros mismos en única medida y sin tener que dar cuentas a nadie, nos cerramos a Dios y a los hermanos.
En cambio, cuando nos dejamos reconciliar por Jesús, encontramos la paz verdadera. Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los participantes en el Curso Internacional de Animación Misionera, así como a los grupos provenientes de España, México, Argentina y otros países latinoamericanos. Invito a todos a acercarse al sacramento de la Penitencia y recibir así el abrazo de la infinita misericordia del Padre, que siempre está dispuesto a acogernos. Muchas gracias. Fuente: Radiovaticana













domingo, 23 de febrero de 2014

San Agustin. SERMÓN SOBRE LA DISCIPLINA CRISTIANA (V)

Hay que evitar la conversación peligrosa de los avaros
IX. No quiero que ames así a tu prójimo. ¡Oh! Si pudiese hacer que no te juntaras con ninguno! Las malas conversaciones corrompen las costumbres buenas13. Pero no puedo, no puedo evitar que te juntes a quien le cuentes estos males que no quieres olvidar; y no solamente quieres no ser enseñado, sino que hasta te jactas de enseñarlos tú. No quiero, mejor aún, sí lo quiero, pero no puedo separarte de los oídos de los demás. Voy a amonestar a ésos, a cuyos oídos intentas rondar, en cuyos oídos maquinas penetrar y en cuyos corazones a través de los oídos te dispones a entrar. Tú, que recibes la palabra sana en la casa de la disciplina: Cerca tus oídos con espinos. Las malas conversaciones corrompen las costumbres buenas. Cerca tus oídos con espinos14. Cércalos, pero cércalos con espinos, para que quien se atreviere a entrar inoportunamente, no sólo sea rechazado, sino que también se vea compungido. Apártalo de ti. Dile: tú eres cristiano, yo soy cristiano. Nosotros no hemos recibido nada de esto en la casa de la disciplina; no aprendimos eso en aquella escuela a la cual entramos gratuitamente. No aprendimos eso a los pies de aquel maestro cuya cátedra está en el cielo. No me hables de eso o no te acerques a mí. Esto quiere decir: Cerca tus oídos con espinos.
10. La ceguera de los avaros. —Me dirigiré a él. Eres un avaro, amas la riqueza y ¿quieres ser feliz? Ama a tu Dios. La riqueza no te hace feliz. Tú a ella la haces atractiva, ella a ti no te hace feliz. Pero porque amas mucho la riqueza, y veo que estás dispuesto a caminar adonde te ordenare tu concupiscencia, ¡perezoso!, camina adonde te reclama la caridad. Mira y advierte cuánta diferencia hay entre tu riqueza y tu Dios. Este sol es más hermoso que tu riqueza, y, sin embargo, este sol no es tu Dios. Pues si esta luz es más hermosa que tu riqueza, ¿cuánto más hermoso es aquel que hizo esta luz? O ¿acaso quieres comparar tu riqueza con la luz? Advierte que el sol se pone; enséname ahora tu riqueza. Es brillante, pero de noche le quito el brillo. Ciertamente que tú eres rico, muéstrame tus riquezas. Ahora bien: si careces de luz, lo mismo que si no tienes con qué ver lo que tienes, ¿dónde están tus riquezas?
Contra la ceguera de los avaros
X. Y, sin embargo, siendo tan horrenda la profundidad de la avaricia, no aparece ante los ojos ni sale a borbollones en las almas. Hemos visto que los avaros son también ciegos. Que me expliquen cómo los avaros son ciegos, por qué no ven. Porque lo que tiene el avaro a la vez no lo tiene, por eso el avaro es ciego. ¿Por qué? Porque cree tenerlo, por eso es avaro. La fe lo hace rico: creyendo es rico, no viendo. ¿Cuánto mejor el que cree en Dios? Tú no ves lo que posees y yo te predico de este modo a Dios. Aún no ves: ama y verás. ¡Ciego! Tú amas la riqueza que no verás jamás. Tú posees siendo ciego, morirás ciego; lo que posees, aquí lo vas a dejar. No lo tenías tampoco cuando vivías, porque no veías lo que tenías.
11. Amar a Dios como a la riqueza. —¿Qué te dicen de Dios? Atiende a esto de la misma Sabiduría: Amala como a la riqueza15. Es indigno, es injurioso comparar a la Sabiduría con la riqueza; en cambio, sin injuria alguna el amor es comparado con el amor. En efecto, os veo ahora que amáis la riqueza de tal modo que, ordenándolo el amor a la riqueza, tomáis trabajo, sufrís ayuno, pasáis el mar, os atrevéis a enfrentaros a los vientos y al oleaje; sé cómo elegís lo que vais a amar, pero no sé qué añadir al amor con que amáis. Amadme así, yo no quiero ser amado más, dice Dios. Hablo a los malvados, hablo a los avaros: amáis la riqueza, amadme a mí otro tanto. De cierto que yo soy incomparablemente mejor; pero no quiero de vosotros un amor mayor. Cuanto amáis la riqueza, amadme a mí otro tanto. Que al menos nos avergoncemos, que confesemos y golpeemos el pecho en lugar de poner una losa sobre nuestros pecados. El que golpea el pecho y no se corrige, consolida los pecados, no los quita. Golpeemos el pecho, azotémonos y corrijámonos para que no nos castigue después aquel que es el maestro.
Hemos dicho qué se aprende aquí. Diremos por qué se aprende.
Aprender las letras humanas para un fin temporal
XI 12. El miedo a la muerte. —¿Para qué fuiste a la escuela, y fuiste castigado y llevado por tus padres; aunque huías, eras buscado, y una vez encontrado, eras traído a la fuerza, y llevado eras extendido? ¿Por qué fuiste azotado? ¿Por qué sufriste tantos males en la niñez? Para que aprendieses, ¿Qué ibas a aprender? Las humanidades. ¿Para qué? Para conseguir riquezas y honores, para alcanzar las mayores dignidades. Mira que tú vas a perecer, por una cosa perecedera has aprendido con tantos castigos y tanto trabajo, que todo eso es perecedero, y, sin embargo, el que te llevaba a la fuerza a tantos castigos te amaba. El mismo que te amaba te llevaba a la fuerza al castigo, para que fueras azotado; lo hacía porque te amaba; para que aprendieses, ¿qué? Las humanidades. ¿Las humanidades son cosa buena? Son buenas. Ya sé que me lo vas a decir: porque también vosotros, obispos, ¿no habéis leído letras? ¿Por qué no tratáis las divinas Escrituras con la misma literatura? Así es en verdad. Pero no aprendimos letras para eso. En realidad, nuestros padres, cuando nos enviaban a la escuela, no nos decían: Aprended letras para que consigáis leer los códices del Señor lo mejor que podáis. Tampoco los cristianos dicen eso a sus hijos, sino: Aprended letras, ¿para qué? Para que seas un hombre. Pues qué, ¿es que ahora soy una bestia? Lo repito: para que seas un hombre, a saber: para que seas eminente entre los hombres. De donde aquel proverbio: cuanto más tengas tanto mayor serás. Para que tengas cuanto tienen los demás, o cuanto tienen unos pocos, o más que tienen los demás, o más que tienen esos pocos. Para que obtengas por ello honor, para que obtengas por ello dignidad. Y ¿dónde estarán todas estas cosas cuando llegue la muerte? ¿Cómo estimula este miedo, cómo interpela este miedo? ¿Cómo el solo nombre recordado por mí ha sacudido los corazones de todos? ¿Cómo habéis declarado vuestro temor con el gemido como testigo? Lo he oído, lo he oído; habéis gemido y teméis la muerte. Si teméis, ¿por qué no lo evitáis? Teméis la muerte, ¿qué teméis? Que ha de venir; que la tema o no la tema, tiene que venir; tarde o pronto, ha de venir. Si la temes, no obrarás de manera que lo que temes no exista.
La muerte buena va precedida de una vida buena

sábado, 15 de febrero de 2014

MARIA Y LOS PADRES DE LA IGLESIA (III).

En un sermón de Pascua, que se atribuye a Eusebio de las Galias o a Cesáreo de Arlés, se dice: "Alégrese la Iglesia de Cristo, que a semejanza de la bienaventurada María, enriquecida por la operación del Espíritu Santo, se hace madre de una prole divina... Mirad cuántos hermanos nos ha dado desde su integridad en una sola noche, la Iglesia, madre y esposa fecunda... Comparemos, si os place, estas dos madres; su maternidad fortalecerá nuestra fe en ellas. La sombra del Espíritu Santo colmó secretamente a María, y la infusión del Espíritu Santo en la fuente bendita obró lo mismo en la Iglesia. María engendró sin pecado a su Hijo y la Iglesia destruyó el pecado en aquellos que engendró. De María nació lo que era desde el principio; de la Iglesia renació lo que se perdió al principio. Aquélla engendró en favor de los pueblos; ésta, a los mismos pueblos. Aquélla, como sabemos, permaneciendo virgen, sólo engendró un Hijo; ésta incesantemente está dando a luz por obra de su Esposo virgen".

San Beda dice: "Todavía hoy, y así hasta la consumación de los siglos, está siendo concebido el Señor en Nazaret y está naciendo en Belén, siempre que cualquier oyente, después de haber recibido la flor de la palabra, se transforma en casa del Pan eterno. Cada día, en las entrañas virginales, esto es, en el espíritu de los fieles, es concebido por la fe y alumbrado por el bautismo. Cada día la Iglesia,
madre de Dios, siguiendo a su maestro sube de Galilea, que significa "la rueda giratoria" de la vida mundana, a la ciudad de Judá, es decir, a la ciudad del reconocimiento y de la alabanza. y presenta al rey eterno la ofrenda de su devoción. Además, la Iglesia, siendo a semejanza de la bienaventurada Virgen María, esposa a la vez que inmaculada, nos concibe virgen del Espíritu Santo y virgen nos da a luz, sin sufrir los dolores del parto".

Isaac de Stella dice: "La cabeza y cuerpo de Cristo forman uno solo. No obstante, este Uno es Hijo de Dios en el cielo e Hijo de una madre en la tierra. Son muchos hijos y un solo Hijo. Así como la cabeza y el cuerpo son a la vez un hijo y muchos hijos, así María y la Iglesia son una madre y muchas madres, una virgen y muchas vírgenes. Ambas son madres y ambas vírgenes por obra del mismo Espíritu, sin la menor contaminaci6n carnal. Las dos, inmaculadas, dan hijos a Dios Padre. Aquélla, absolutamente libre de todo pecado, engendró la Cabeza en favor del cuerpo; ésta, por su parte, ofreció el cuerpo a la Cabeza, para remisión de todos los pecados. Las dos son madres de Cristo, pero ninguna de ellas sin la cooperación de la otra engendra al Cristo total. Por eso, lo que en las Escrituras, que están inspiradas por Dios, se dice universalmente de la Iglesia, madre virginal. se entiende con toda exactitud como dicho particularmente de la Virgen María; y lo que se afirma de la Virgen María especialmente, se afirma en un plano más general de la virgen madre Iglesia... Del mismo modo, de cualquier alma creyente se puede decir con toda verdad que es esposa del Verbo de Dios, madre de Cristo, hija y hermana, virgen y fecunda. La misma Sabiduría de Dios, que es el Verbo del Padre, nos habla universalmente respecto de la Iglesia, especialmente respecto de María e individualmente respecto del alma creyente". San Alberto Magno declara en su comentario al Apocalipsis: "Día a día la Iglesia da a luz al mismo Cristo por la fe en el corazón de los que escuchan".

viernes, 3 de enero de 2014

Comprueban que rezar aumenta el auto control y la estabilidad emocional.

La gente recurre a la oración, buscando apoyo y respuestas para hacer frente a las altas exigencias de la vida”. Así lo aseguró un equipo de psicólogos alemanes de la Universidad del Sarre y la Universidad de Mannheim que investigó si esta práctica podía tener un impacto en la persona más allá de lo espiritual. Los resultados, publicados en el Journal of Experimental Social Psychology, sostienen que las personas que rezan pueden mantener el control de sus emociones y sus conductas. Pero también, descubrieron que al hacerlo, son recompensados, al obtener fuerza y mayor capacidad de resistir frente a los avatares y las tentaciones de malas conductas.
“Un breve período de oración personal amortigua el efecto que produce el
agotamiento”, añadieron. Los resultados, dijeron, serían consistentes y contribuyen a completar una serie de otros estudios sobre los efectos de hablar con Dios, como uno que estableció que al tener esta conexión divina, disminuiría la infidelidad y el consumo de alcohol.
El singular estudio Para llegar a estas conclusiones que no extrañarían a ningún creyente, los estudiosos entrevistaron a 79 personas, de las cuales 41 eran cristianos, 14 ateos, agnósticos 10 y 14 pertenecían a otras religiones. La investigación consistió en dejar a cada uno solo durante 5 minutos y se les pidió rezar o pensar libremente en una cosa intensamente, tanto como les fuera posible. Acto seguido, fueron expuestos a divertidos pasajes de películas donde se les pidió controlar sus emociones y reacciones faciales, y por último fueron sometidos al test de colores y palabras, Stroop, donde las palabras que se describen aparecen en diferentes colores.
En la segunda parte del experimento, la mitad dijo reaccionar con normalidad y el resto, reprimieron sus emociones controlando sus expresiones. En tanto, que en la tercera sección requirieron del autocontrol, ya que el test en términos básicos “evalúa la capacidad para clasificar información del entorno y reaccionar selectivamente a esa información”, según explicaron. Al analizar los datos, descubrieron también, que los que pensaron libremente en la primera parte de la prueba y trataron de reprimir sus emociones durante las filmaciones fueron los que más lucharon con el Stroop. En cambio, los que rezaron demostraron que tenían altos niveles de control sobre sí mismos y que lograron suprimir las emociones en las filmaciones pero sin agotarse. “No me sorprende” El sacerdote jesuita José Francisco Yuraszeck S.J., director del Centro Universitario Ignaciano de la Universidad Alberto Hurtado (www.ignaciano.cl) dice que le parecen bastante obvios los resultados del estudio alemán, ya que es lo que se percibe en la práctica de la espiritualidad cristiana y en otras corrientes.
“La oración supone que uno hace primero silencio, donde entras en contacto con los movimientos personales, espirituales y síquicos, lo que produce que se aquieten nuestras aguas, nuestras emociones y uno se vaya dando cuente de muchas cosas que van pasando. Si no te detienes no las percibes”, explica. Comparte que la oración, un instante contemplativo e incluso, la meditación sirven para ordenar los afectos y entender que todo lo que sucede está en concordancia a la voluntad de Dios.
Habla también de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio  (1) como otro ejemplo de conexión con Dios y cuenta que estos, están abiertos a todos “aquellos que buscan conocerse más auténticamente y que buscan el sentido y rumbo de su vida desde sus propias circunstancias, habilidades, talentos e intereses, donde se entregan y practican pautas de discernimiento”. De todas maneras, para este joven sacerdote lo importante es tener una experiencia con Dios desde una comunidad y una guía que potencie el camino. Y más que tener auto control lo interesante, dice, es ser “contemplativos en la acción”, concepto que viene de San Ignacio de Loyola que propone encontrar la presencia de Dios en todo lo que se hace durante la vida diaria y también comenta la “Pausa Ignaciana”.
“Al finalizar el día o en la mañana, en el momento en que estés más tranquilo y lúcido, reflexionas sobre tus experiencias reconociendo las llamadas de Dios que nos hace, es un llamado de conciencia”, subraya. Aparte, menciona al libro que escribió el padre jesuita José Correa, con oraciones para hacer en la micro.
“Puedes hacer de la vida entera un acto de oración. El estar en oración te permite entender que todos los días tienen un aprendizaje. La idea no es resistir a las tentaciones ni evitar el mal sino que dar lo mejor de ti, hacer el bien todos los días;eso produce una fuerza espiritual muy potente, que se refleja en el auto control y tu estabilidad emocional”, reflexiona Yuraszeck S.J.

(1).- "Los ejercicios son todo lo mejor
que yo en esta vida puedo pensar, sentir y entender,
así para el hombre poderse aprovechar a sí mismo,
como para poder fructificar, ayudar y aprovechar a otros muchos..."
San Ignacio de Loyola
(carta a Manuel Miona, 16 de Noviembre de 1536)

lunes, 2 de diciembre de 2013

Vivir el Evangelio y dar testimonio de nuestra fe.

"vivir el Evangelio es la principal contribución que podemos dar. La Iglesia no es un movimiento político, ni una estructura bien organizada: no es esto. No somos una ONG, y cuando la Iglesia se convierte en una ONG pierde la sal, no tiene sabor, es sólo una organización vacía. Y en esto sed listos, porque el diablo nos engaña, porque existe el peligro del eficientismo. Una cosa es predicar a Jesús, otra cosa es la eficacia, ser eficaces. No; aquello es otro valor.
El valor de la Iglesia, fundamentalmente, es vivir el Evangelio y dar testimonio de nuestra fe. La Iglesia es la sal de la tierra, es luz del mundo, está llamada a hacer presente en la sociedad la levadura del Reino de Dios y lo hace ante todo con su testimonio, el testimonio del amor fraterno, de la solidaridad, del compartir. […]
Este momento de crisis, prestemos atención, no consiste en una crisis sólo económica; no es una crisis cultural. Es una crisis del hombre: ¡lo que está en crisis es el hombre! ¡Y lo que puede resultar destruido es el hombre! ¡Pero el hombre es imagen de Dios! ¡Por esto es una crisis profunda! En este momento de crisis no podemos preocuparnos sólo de nosotros mismos, encerrarnos en la soledad, en el desaliento, en el sentimiento de impotencia ante los problemas.
No os encerréis, por favor. Esto es un peligro: nos encerramos en la parroquia, con los amigos, en el movimiento, con quienes pensamos las mismas cosas... pero ¿sabéis qué ocurre? Cuando la Iglesia se cierra, se enferma, se enferma. Pensad en una habitación cerrada durante un año; cuando vas huele a humedad, muchas cosas no marchan. Una Iglesia cerrada es lo mismo: es una Iglesia enferma. La Iglesia debe salir de sí misma. ¿Adónde? Hacia las periferias existenciales, cualesquiera que sean. Pero salir. Jesús nos dice: Id por todo el mundo. Id. Predicad. Dad testimonio del Evangelio (cf. Mc 16,15).
Pero ¿qué ocurre si uno sale de sí mismo? Puede suceder lo que le puede pasar a cualquiera que salga de casa y vaya por la calle: un accidente. Pero yo os digo: prefiero mil veces una Iglesia accidentada, que haya tenido un accidente, que una Iglesia enferma por encerrarse. Salid fuera, ¡salid! Pensad en lo que dice el Apocalipsis. Dice algo bello: que Jesús está a la puerta y llama, llama para entrar a nuestro corazón (cf. Ap 3,20). Este es el sentido del Apocalipsis. Pero haceos esta pregunta: ¿cuántas veces Jesús está dentro y llama a la puerta para salir, para salir fuera, y no le dejamos salir sólo por nuestras seguridades, porque muchas veces estamos encerrados en estructuras caducas, que sirven sólo para hacernos esclavos y no hijos de Dios libres?

Y otro punto es importante: con los pobres. Si salimos de nosotros mismos, hallamos la pobreza. Hoy —duele el corazón al decirlo—, hoy, hallar a un vagabundo muerto de frío no es noticia. Hoy es noticia, tal vez, un escándalo. Un escándalo: ¡ah! Esto es noticia. Hoy, pensar en que muchos niños no tienen qué comer no es noticia. Esto es grave, ¡esto es grave! No podemos quedarnos tranquilos. En fin... las cosas son así. No podemos volvernos cristianos almidonados, esos cristianos demasiado educados, que hablan de cosas teológicas mientras se toman el té, tranquilos. ¡No! Nosotros debemos ser cristianos valientes e ir a buscar a quienes son precisamente la carne de Cristo, ¡los que son la carne de Cristo!" (Papa Francisco).
En esta «salida» es importante ir al encuentro; esta palabra para mí es muy importante: el encuentro con los demás. ¿Por qué? Porque la fe es un encuentro con Jesús, y nosotros debemos hacer lo mismo que hace Jesús: encontrar a los demás. Vivimos una cultura del desencuentro, una cultura de la fragmentación, una cultura en la que lo que no me sirve lo tiro, la cultura del descarte. Pero sobre este punto os invito a pensar —y es parte de la crisis— en los ancianos, que son la sabiduría de un pueblo, en los niños... ¡la cultura del descarte! Pero nosotros debemos ir al encuentro y debemos crear con nuestra fe una «cultura del encuentro», una cultura de la amistad, una cultura donde hallamos hermanos, donde podemos hablar también con quienes no piensan como nosotros, también con quienes tienen otra fe, que no tienen la misma fe. Todos tienen algo en común con nosotros: son imágenes de Dios, son hijos de Dios. Ir al encuentro con todos, sin negociar nuestra pertenencia.

domingo, 1 de diciembre de 2013

“VEN, SEÑOR, A SALVARNOS”

“VEN, SEÑOR, A SALVARNOS” Necesitamos tu salvación, sí, porque sólo un Dios puede salvarnos. El progreso científico-técnico nos enriquece, pero nada más. El consumo nos engorda, pero nos deja vacío. Las personas sabias o líderes nos asombran, pero no nos cambian. Las artistas y famosas nos entretienen; también nos aburren.
No son nuestras salvadoras. Tampoco nos salvan las mujeres y los hombres que son políticos, militares, banqueros, periodistas, tecnócratas o deportistas; y tampoco los maestros, gurús o eclesiásticos. Sólo un Dios puede salvarnos: de la tristeza, el desencanto, el desamor. Sólo un Dios puede salvar al mundo de sus cegueras y crueldades, de sus cadenas y miserias, de todas sus profundas llagas. ¡Ven, Señor, a salvarnos! Salva a las personas oprimidas que esperan justicia , a las hambrientas que sueñan con el pan, a las cautivas que no ven el día de su libertad. Ven, Señor, a abrir los ojos de las ciegas, a enderezar a las que se doblan, a guardar a las emigrantes, a sustentar a las que desfallecen. Ven, Señor. Pero Dios viene siempre. Él ya ha venido. Vino Dios a salvarnos e hizo algo más: nos hizo salvadores y salvadoras. Somos un dios en pequeño. Sed, pues, lo que sois. Cada miseria es un compromiso. Salvad, por favor, al mundo.

lunes, 25 de noviembre de 2013

ORACION DE SAN AGUSTIN AL ESPIRITU SANTO


ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO
(de San Agustín)
 
Espíritu Santo, inspíranos, para que pensemos santamente.
Espíritu Santo, incítanos, para que obremos santamente.
Espíritu Santo, atráenos, para que amemos las cosas santas.
Espíritu Santo, fortalécenos, para que defendamos las cosas santas.
Espíritu Santo, ayúdanos, para que no perdamos nunca las cosas santas.

domingo, 3 de noviembre de 2013

“DÉJENSE RECONCILIAR CON DIOS”.Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J., arzobispo de Buenos Aires y Primado de la Argentina en el Congreso Eucarístico Nacional (2 de setiembre de 2004)

“DÉJENSE RECONCILIAR CON DIOS”

Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J., arzobispo de Buenos Aires y Primado de la Argentina en el Congreso Eucarístico Nacional (2 de setiembre de 2004)


En este clima tan hermoso del Congreso Eucarístico, ya en nuestro segundo día, la parábola del Hijo Pródigo quiere hablarnos directamente al corazón.
Abramos, pues, nuestros corazones de par en par.
Que cada uno abra su corazón, mirando a la Virgen, sintiendo la presencia de Jesús en la Eucaristía que, silenciosamente, acompaña a la humanidad desde hace dos mil años.
Abramos el corazón de nuestra familia, cada uno de la suya, sintiendo latir el corazón de sus padres y hermanos, el de los esposos y el de los jóvenes, el de los niños y los abuelos.
Abramos el corazón como Pueblo fiel de Dios que peregrina en la Argentina bajo el manto de la Virgen, de María de Itatí...
Abramos el corazón y dejémonos reconciliar con nuestro Padre Dios.
Digamos con el hijo pródigo, que en un momento de gracia se dio cuenta de que la causa más honda de su situación de miseria estaba en haber apartado el corazón del de su Padre: ¡Me levantaré e iré a mi Padre!
Cada uno debe decirlo en su propio corazón. Y debe decirlo también  en esa dimensión donde el propio corazón se sabe corazón común, responsable del de todos, solidario con el corazón de su pueblo. Desde allí cada uno puede decir: pueblo pródigo ¡levántate y vuelve al Padre! Es tiempo de que dejes de soñar con las bellotas de los cerdos. Nadie te las da. Gracias a Dios. Mejor así. Por que es hora de que vuelvas a anhelar el pan de los hijos.
Estás empobrecido, parte de tu herencia la has malgastado y parte te la han robado. Es verdad. Pero te queda lo más valioso: el rescoldo de tu dignidad siempre intacta y la llamita de tu esperanza, que se enciende de nuevo cada día. Te queda esa reserva espiritual que heredaste.
Mira que tu Padre no deja de ir, cada atardecer, a esperarte en la terraza… a ver si te ve volver.
Emprende el camino de regreso, fijos tus ojos en los de tu Padre, que te amplía el horizonte para que des todo lo que puedes dar.
Al ir tras dioses falsos, fuiste convirtiendo este suelo bendito en una  tierra extranjera. Y hoy pareciera que se ha achicado tu horizonte, que se te encogió la esperanza.
Pero no es así. Si levantas la mirada, si recuerdas, si pegas la vuelta y te conviertes de corazón, la misma tierra que pisas se irá transformando nuevamente en Casa del Padre.
Esa casa del Padre en la que se viven los valores de la humilde casa de José y María en Nazareth.
Casa del Padre que es hospedería donde se curan las heridas de los que cayeron en mano de los salteadores.
Casa del Padre donde se celebra el banquete de las bodas del Hijo y están invitados todos, sin exclusión de ninguno, salvo de los que no quieren participar.
Casa del Padre que, como nos asegura Jesús, tiene muchas moradas y en la que Él mismo se pone a servirnos, como hizo en la última cena.
¡Y permítete a ti mismo sentirte pueblo y familia!
Y dejemos también que el Padre nos diga, como al otro hijo que estaba contrariado: ¡Entra en la fiesta con tu hermano!  Cada corazón debe escuchar esta invitación, con la que el Padre quiere convencer a su hijo mayor de que perdonar a su hermano es el camino que lleva a la vida.
Todos también llevamos dentro algo de ese hijo mayor. Dejémos que el Padre nos diga:
Es tiempo de que dejes de escuchar la queja amarga propia de un corazón que no valora lo que tiene, de un corazón que se compara mal.
Es hora de que te animes a compartir con tu hermano el pan de los hijos.
Deja de soñar con el cabrito propio, y escucha estas palabras de tu Padre:
¡Hijo, todo lo mío es tuyo!
¡Dejate reconciliar con Dios, contigo mismo y con tu hermano!
Pero de corazón.
La Eucaristía es el pan de reconciliación que va a parar a lo profundo del corazón de cada uno. Y reconcilia y alimenta ese lugar interior donde la persona es ella misma y más que ella misma, porque es morada de Dios, donde cada corazón es el corazón de toda su familia y de su pueblo entero.
Bastan unos pocos corazones así, que se dejen reconciliar a fondo, para que la reconciliación se contagie a todo un pueblo.
Corazones como el de San Roque González de Santa Cruz, que fundó estas tierras y sus ciudades en la cultura del trabajo y en el perdón a los mismos enemigos. Corazón vulnerado al que el Señor revistió de incorruptibilidad!
Pueblo pródigo y rebelde; pueblo que sufriste en manos de salteadores; pueblo con una fuerte reserva espiritual: ¡Déjate reconciliar con Dios!
A nuestra Señora de Itatí le encomendamos esta reconciliación que transfigura el corazón de las personas y de los pueblos. Sus milagros más lindos han sido de presencia que retorna y de transfiguración que atrae con su gloria. Como decía Fray Luis de Gamarra en 1624: "... se produjo un extraordinario cambio en su rostro, y estaba tan linda y hermosa que jamás tal la había visto".
Esas transfiguraciones de nuestra Señora, que brotan de su corazón puro y amante son signo de predilección para con nuestro pueblo. Y son también anuncio: María de Itatí transfigurada nos transfigura. Nos dice la Palabra de Dios: “El que vive en Cristo es una nueva criatura. Lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con Él por intermedio de Cristo y nos confió el misterio de la reconciliación”.
Mirándola a ella comprendemos que: “Si el pecado es alejamiento y desencuentro, la reconciliación es acercamiento y reencuentro, superación de la enemistad y retorno a la comunión. Dios nos reconcilia en Cristo. Él es el principio y fin de una reconciliación filial, por la que el hombre arrepentido vuelve confiado a los brazos amorosos del Padre.”
Ella te invita, pueblo de la Patria: ¡déjate reconciliar con Dios!
Con ella le rogamos a Jesús y le pedimos, con las palabras del himno:
Que su Eucaristía ocupe el corazón del pueblo argentino
e inspire sus proyectos y esperanzas.

Corrientes 2 de setiembre de 2004.
Cardenal Jorge Mario Bergoglio, S.J., arzobispo de Buenos Aires
 
Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2491 del 15 de setiembre de 2004

viernes, 4 de octubre de 2013

Humilde canto de las criaturas.

Humilde canto de las criaturas. Señor, gracias, por nuestra vida. Señor , gracias, por la ilusión. Y gracias, por la esperanza que anida en el corazón. Sea para ti, Señor, la gloria,
para ti el esplendor, la majestad. Canten su acción gracias cielo y tierra, por ser obra de tu amor. Las témporas son días en que la Iglesia convida a sus fieles a ser agradecidos: agradecidos al Dios de la vida, de las cosechas, del trabajo, de las viñas, de la fecundidad ... No hay cosa más propia de unas criaturas que agradecer, admiradas, todo lo positivo que contemplan sus ojos: las mieses, los hijos, la cultura, la familia, la paz, la vida; y, al mismo tiempo, nada más propio que elevar la súplica del pobre y desvalido, para nunca falte lo necesario a los hermanos que sufren, lloran, pasan hambre... Todas las religiones, de una u otra forma, han querido tener propicios a sus dioses, y por ello les han ofrecido sus pequeños dones, e incluso a veces sacrificios de víctimas cruentas.
Nosotros, cristianos, que hemos conocido el rostro amable de Dios Padre en su Hijo encarnado, hagamos la ofrenda de nosotros mismos comprometiéndonos en fidelidad, a través de la liturgia de alabanza, adoración y súplica. Pongamos cada uno en el platillo de la ofrenda todos aquellos motivos por los que nos inclinamos, reverentes, a proclamarle Señor, Padre y Rey, y depositemos en el otro las miserias de nuestras ingratitudes pasadas para que Él las queme en la hoguera de su amor misericordioso.
ORACIÓN:
Te damos gracias, de todo corazón, porque eres bueno; porque eres Padre; porque tienes entrañas colmadas de piedad; porque nos das el agua y la sed, el hambre y el pan, el trabajo duro y la cosecha que lo premia, la gracia de ser leales y el perdón por no serlo. Quédate siempre con nosotros y déjanos sentir tu presencia. Amén.
Palabra de gratitud
Lectura del libro del Deuteronomio 8, 7-18: “Habló Moisés al pueblo y dijo: Cuando el Señor tu Dios te introduzca en la tierra buena, que es tierra de torrentes, de fuentes y veneros que manan en el monte y la llanura; tierra de trigo y cebada, de viñas, higueras y granados, de olivares y de miel; tierra en que no comerás tasado el pan ... , entonces comerás hasta hartarte y bendecirás al Señor tu Dios por la tierra buena que te ha dado. Pero, cuidado, no te olvides del Señor tu Dios, sé fiel a los preceptos, mandatos y decretos que yo te doy..., no sea que te vuelvas engreído y te olvides del Señor tu Dios...” En la verdad de lo que somos, criaturas, pero criaturas dotadas con conciencia de serlo, está impresa la huella del Señor y Creador. No devolver amor y gratitud es necedad.
Lectura de la segunda carta de san Pablo a los corintios 5, 17-21: “Hermanos: El que es de Cristo [como vosotros] es una criatura nueva. Para ella lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. [Mas no olvides que] todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el servicio de reconciliar... En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios...” Somos criaturas privilegiadas, amadas como hijas de Dios, regeneradas por Cristo. ¿Cómo es posible, si reflexionamos un momento con sinceridad, que reneguemos de lo que somos obrando impíamente?
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 7, 7-11: “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?... Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!” Lo que hoy pedimos es perdón, misericordia, gracia; y lo que ofrecemos es arrepentimiento, compromiso de vida noble y digna, adherirnos a Cristo vivo. Lo demás vendrá por añadidura.
Momento de reflexión
Apropiémonos en unos minutos de meditación sincera los sentimientos que la liturgia de Laudes recoge en este himno de gratitud. Y hagámoslo suplicando que estén espiritualmente con nosotros todos los redimidos por Cristo:
Gracias, Señor, por esta agua que llega del aire hasta los campos, hasta el bosque y el huerto; gracias por tu palabra que riega este desierto del alma, prometiendo las horas de la siega.
Gracias por tanta gracia, tanta cuidada entrega, por el sol que calienta este corazón yerto.
Gracias por estas flores primeras que han abierto ojos de luz a tanta claridad honda y ciega.
Gracias porque te he visto latiendo en los bancales, favoreciendo, urdiendo los tiernos esponsales del verdor con la tierra, la rosa con la rama...
Gracias porque es llegado el tiempo del que ama. Amén.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Vida institucional.

"La vida institucional lleva a la hipocresía, porque los que ofrecemos guía espiritual nos
encontramos a menudo que no vivimos lo que predicamos o enseñamos.  No es fácil evitar completamente la hipocresía, porque al querer hablar en nombre de Dios, la Iglesia o la comunidad nos encontramos diciendo cosas grandes que exceden nuestras fuerzas. La experiencia me demuestra que la mejor cura contra la hipocresía es la COMUNIDAD. Cuando, como guía espiritual, viva cerca de los que atiendo, y cuando me deje criticar con cariño por los míos y sea perdonado por mis defectos, entonces no seré considerado un hipócrita. Tengo que llegar a ser un sacerdote que sepa pedir perdón por sus defectos". Henri NOUWEN.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Oracion de intercesion.

"La palabra INTERCEDER significa hablar en favor de alguien para conseguirle un bien o librarlo de un mal. Interceder, pedir en favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos. En la intercesión, el que ora busca “no su propio interés sino [...] el de los demás” (Flp 2, 4), hasta rogar por los que le hacen mal (cf. San Esteban rogando por sus verdugos, como Jesús: cf Hch 7, 60; Lc 23, 28. 34).

" por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos". (Hebreos 7,25)
Cristo es nuestro intercesor el siempre esta pidiendo a favor de nosotros!!
"¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros". (Romanos 8,34).
Y así como Dios es SANTO y demanda SANTIDAD de su pueblo de igual manera espera de nosotros que intercedamos por nuestros hermanos, familia y nación.
Mediante la oración nosotros podemos interceder, mediante la oración de intercesión nos ponemos ante Dios, rico en Misericordia, para rogar la bendición  de Dios y el bien para nuestros semejantes..
(Catecismo 2635).

TODO TIENE SU TIEMPO.

Todo tiene su tiempo

3 Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora:

Tiempo de nacer
y tiempo de morir,
tiempo de plantar
y tiempo de arrancar lo plantado,
tiempo de matar

y tiempo de curar,
tiempo de destruir
y tiempo de edificar,
tiempo de llorar
y tiempo de reír,
tiempo de hacer duelo
y tiempo de bailar,
tiempo de esparcir piedras
y tiempo de juntarlas,
tiempo de abrazar
y tiempo de abstenerse de abrazar,
tiempo de buscar
y tiempo de perder,
tiempo de guardar
y tiempo de tirar,
tiempo de rasgar
y tiempo de coser,
tiempo de callar
y tiempo de hablar,
tiempo de amar
y tiempo de aborrecer,
tiempo de guerra,
y tiempo de paz.

¿Qué provecho obtiene el que trabaja de aquello en que se afana? 10 He visto el trabajo que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ocupen en él. 11 Todo lo hizo hermoso en su tiempo, y ha puesto eternidad en el corazón del hombre, sin que este alcance a comprender la obra hecha por Dios desde el principio hasta el fin.

12 Sé que no hay para el hombre cosa mejor que alegrarse y hacer bien en su vida, 13 y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce de los beneficios de toda su labor. 14 Sé que todo lo que Dios hace es perpetuo:

Nada hay que añadir ni nada que quitar.
Dios lo hace para que los hombres teman delante de él.
15 Lo que antes fue, ya es,
y lo que ha de ser, fue ya;
y Dios restaura lo pasado.

 (Eclesiastés 3, 1-15).

viernes, 13 de septiembre de 2013

Regla de vida cristiana ( VIII).

Modificación de las normas
Las Reglas comunitarias de vida no deben modificarse fácilmente, pues ellas conducen a muchas personas. Sólo por graves razones y en los modos convenientes -en un capítulo, en una asamblea- podrán ser modificadas.
Pero los planes o reglas de vida personales sí deben a veces modificarse, a medida que se desarrolla la persona espiritualmente, o si cambian las circunstancias de su vida. También los vestidos de una persona deben ir haciéndose nuevos en las diversas fases de su crecimiento.
Téngase en cuenta en esto que las normas exigen siempre deberes mínimos y por eso mismo, en la medida en que Dios va dando el crecimiento espiritual, deben ser modificadas y llevadas a más -ir a misa todos los días-. De otro modo, la sujeción a ciertos planes o reglas de vida espiritual llevaría en sí el peligro de frenar el crecimiento, cuando en realidad se han dispuesto solamente para estimularlo.
(Tomado de Documentos de apoyo | Base documental de Catholic.net).

Regla de vida cristiana (VII).

Fidelidad a la norma y santo abandono
Algunos cristianos recelan sujetar sus vidas a unas normas, temiendo que eso disminuya en ellos el santo abandono a la acción del Espíritu Santo. «El espíritu sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo nacido del Espíritu» (Jn 3,8).
Sin embargo, ya desde San Francisco de Sales, la espiritualidad providencial del santo abandono se ha formulado siempre en forma binaria: fidelidad y abandono. Es significativo, en este sentido, el título de la obra del P. Réginald Garrigou-Lagrange, La Providence et la confiance en Dieu: fidélité et abandon (1953). En efecto, lejos de haber contraposición alguna entre fidelidad y abandono, ambas actitudes se complementan, buscando siempre lo mismo: conocer y realizar la voluntad de Dios, que es lo único necesario.
La fidelidad a lo que Dios quiere nos lleva a adherirnos cada día, nos agrade o nos duela, a la voluntad de Dios, claramente significada en sus mandamientos, en los preceptos de la Iglesia o en aquellas normas que Él nos ha concedido adoptar, individual o comunitariamente, para el más libre y constante crecimiento de nuestra vida espiritual.
El abandono a lo que Dios quiera nos lleva, a su vez, a adherirnos a esa voluntad de la divina Providencia, que día a día se nos va manifestando en las circunstancias cambiantes de nuestra vida. Si el plan o regla de vida es sin duda un camino divino, también éste constituye ciertamente un camino diario misterioso, por el cual Dios, a través de las pequeñas cosas de la vida nos va conduciendo, si nos dejamos llevar, por donde su amor dispone. No hay contrariedad alguna entre fidelidad y abandono. Por ejemplo, el pleno y absoluto abandono de San Claudio La Colombière al libre beneplácito de la divina Providencia jamás dificultó en él su extrema fidelidad a las reglas de la Compañía de Jesús.
(Tomado de Documentos de apoyo | Base documental de Catholic.net).

Regla de vida cristiana (VI).

Fidelidad y flexibilidad
-Fidelidad. La fidelidad a la norma conduce a la plenitud del amor y del espíritu. Cumpliendo una norma fielmente, el cristiano descubre una nueva facilidad y seguridad para ejercitarse con sorprendente constancia en obras que, sin norma, durante años había intentado practicar sin conseguirlo. Ya he insistido suficientemente en ello. En efecto, la fidelidad a una norma de vida -que se ha adoptado como querida por Dios- produce grandísimos frutos de paz, perseverancia y fecundidad espiritual y apostólica, pues está hecha de humildad, de abnegación y de caridad. Un cristiano, es verdad, no puede mantenerse fiel a una práctica espiritual si no ejercita mucho, y a veces con heroísmo, la humildad -sin ésta, pronto se sacude la norma, pensando que, después de todo, no le es tan necesaria-, la abnegación de sí mismo, y la caridad a Dios y a los hermanos.
Como es obvio, una cierta disciplina de vida ayuda con tal de que se ponga un gran empeño en cumplirla fielmente. Por eso, según los casos, cuando en la vida concreta de un laico van siendo más frecuentes las excepciones a la norma que las observancias, habrá que pensar si no le convendrá dejar de atenerse a esa ley personal o, a veces, si es comunitaria, abandonar la asociación. Otras veces, en cambio, lo que deberá hacer es convertirse y volver a la fidelidad de la observancia. Un incumplimiento habitual de la norma es intolerable, pues trae muchos males. Por eso, en lo que se refiere a las carmelitas, Santa Teresa manda que se cambie a la priora y se dispersen las monjas en diversos conventos, si en esto de no guardar la Regla «hubiese ya costumbre -lo que Dios no quiera-» (Visitas 23).
-Flexibilidad. Aunque el laico esté sujeto con toda voluntad a un plan de vida personal o incluso a una regla de vida, es evidente que, por las condiciones cambiantes de su existencia secular, no siempre podrá observar las normas concretas por las que quiere regir su vida. Un día irá de viaje, otro día tendrá que estar pendiente de un enfermo o le reclaman de su lugar de trabajo, en ocasiones habrá de plegarse por caridad -¡y por prudencia!- a las exigencias del cónyuge, más o menos razonables... Así las cosas, es claro que un apego inflexible a la norma sería algo carnal, no procedente del Espíritu Santo. Sería buscar más la propia justificación en las obras, que en la fe, la confianza y el amor. Podría equivaler, efectivamente, a una judaización del cristianismo, en la que se olvidara que «Cristo nos redimió de la maldición de la ley» (Gál 3,13). Esta tentación, es cierto, queda muy lejos del espíritu de época hoy predominante; pero debe ser conocida.
Quienes viven en la gracia de Cristo, deben guardar fidelidad a las normas de la Iglesia o a las que ellos mismos han profesado por iniciativa propia, pero deben hacerlo siempre con la peculiar «libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). Desde el bautismo, participamos ya del señorío de nuestro Señor Jesucristo, y a Él le ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Por eso, si los cristianos nos acogemos humildemente a la observancia de leyes y normas de vida, no por eso hemos de olvidar que nuestra ley suprema es la docilidad al Espíritu Santo, que está por encima de todas las leyes, siendo al mismo tiempo Él quien las ha inspirado, suscitándolas como ayudas en nuestro camino de perfección.
Siempre la Iglesia ha enseñado que sus leyes positivas «no obligan con grave inconveniente (grave incomodo)». Y con más razón ha de decirse esto de otras normas personales o asociativas que puedan asumirse por iniciativa personal. Por eso los cristianos laicos, en conciencia, deberán suspender la observancia de un precepto positivo, siempre que ello venga aconsejado
1.- por la caridad,
2.- por la obediencia,
o 3.- por la prudencia; o que por las circunstancias
4.- venga a hacerse imposible. «Nadie está obligado a lo imposible (ad impossibilia nemo tenetur)».
«En todo es muy necesario discreción», dice Santa Teresa una y otra vez (Vida 19,13; +11,16; 13,1; 29,9). Y esa discrecionalidad en lo referente a las normas de vida ha de darse, sin duda, con mucha más frecuencia en la vida seglar que en la de los religiosos. Si éstos, en el caso de una observancia especialmente difícil, se atienen al juicio del superior, que puede dar la dispensa prudente de la norma, de modo semejante, los laicos pueden ser dispensados por su confesor o director espiritual, o en el caso concreto, por ellos mismos. Y aunque no sea para ellos estrictamente necesaria esta consulta, puede ser aconsejable en determinadas circunstancias personales. En todo caso, el cristiano religioso o laico habrá de mantenerse siempre atento al Espíritu Santo, y sólo a su luz podrá discernir con verdad, sin trampas, cuándo es la hora de la fidelidad a la norma, aunque cueste mucho, y cuándo es la de una flexibilidad respecto de ella, aconsejada por la caridad, la obediencia y la prudencia, o impuesta por la imposibilidad.
(Tomado de Documentos de apoyo | Base documental de Catholic.net).