miércoles, 9 de noviembre de 2011

¿Qué quieres que no haga?.


Me abandono, oh Dios, entre tus manos.

Vuelve y revuelve esta arcilla como greda

en las manos del alfarero.

Dale forma y luego despedázala, si quieres,

como fue destrozada la vida de mi hermano John.

Pide, ordena: «¿Qué quieres que haga?

¿Qué quieres que no haga?».

Ensalzado, humillado, perseguido, incomprendido,

calumniado, consolado, doliente, inútil para todo,

no tengo más que decir, como tu Madre dijo:

«Cúmplase en mí lo que has dicho».

Dame el amor por excelencia, el amor a la Cruz,

pero no a las cruces heroicas

que podrían alimentar el amor propio,

sino a las cruces corrientes,

que ¡ay de mí! llevo con repugnancia.....

esas con que me encuentro cada día

en la contradicción, en el olvido,

en el fracaso, en los juicios falsos,

en la frialdad, en los rechazos y menosprecios ajenos,

en los malestares y defectos corporales,

en las tinieblas de la mente y el silencio y aridez del corazón.

Sólo entonces sabrás que te amo, aunque yo no lo sepa.

Pero eso me basta.



Robert Kennedy

(oración escrita de su puño y letra y recitada por él cada mañana)

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