En
las dos semanas que quedan de Pascua, el Señor Resucitado nos prepara para
vivir el misterio de su «ausencia». Nosotros pertenecemos a las generaciones
que ya desde el principio merecieron la «bienaventuranza» de los que, como
Cristo le dijo a Tomás, «creen sin haber visto».
Cristo mismo, a pesar de que no le vemos, porque está en estado glorioso, sigue estándonos presente: a pesar de que «vuelve» al Padre, sin embargo «no os dejaré desamparados», «yo sigo viviendo», «yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros». Es una buena ocasión -como lo ha sido todo el tiempo pascual- para insistir en la gozosa convicción de que Cristo no está lejos, sino entrañablemente cercano, según su promesa: en la comunidad, en su Palabra, en sus sacramentos, de modo particular en su Eucaristía, y también en la persona del prójimo.
Hoy
es la «jornada del enfermo» y se nos dice que «las comunidades están llamadas a
curar». Y ¿qué quiere decir «curar»? Curar quiere decir ofrecerles «razones
para la esperanza».
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