domingo, 31 de mayo de 2015

La santidad en la Biblia.


La santidad en la Biblia

Sólo Dios es santo. La sagrada Escritura afirma reiteradas veces que la santidad, esa condición espiritual, majestuosa y eterna, es exclusiva de Dios, tiene los rasgos ontológicos propios de la naturaleza divina. Dios es santo, sólo él es santo (Lev 11,44; 19,2; 20,26; 21,8; Is 6,3; 40,25; Sal 98).
Es evidente, pues, que la santidad es sobrenatural, y por tanto sobrehumana. Excede no sólo la posibilidad humana de obrar, sino la misma posibilidad de su ser. Todas las criaturas, y el hombre entre ellas, aparecen en la Biblia como lo no-santo (Job 4,17; 15,14; 25,4-6).
Ahora bien, Dios Santo puede santificar al hombre, que es su imagen, haciéndole participar por gracia de la vida divina. Y así lo confesamos en la misa: «Santo eres, Señor, fuente de toda santidad» (Anáf.II); tú, «con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo» (III). Pero veamos cómo santifica Dios.
Jesús es el santo entre los hombres (Lc 1,35; 4,1). El es el «santo siervo de Dios» (Hch 3,14s; 4,27. 30). Los hombres ante Jesús -como Isaías ante el Santo- conocen su condición de pecadores (Is 6,3-6; Lc 5,8). Y Cristo es el que santifica a los hombres, por su pasión y resurrección, por su ascensión y por la comunicación del Espíritu Santo (Jn 17,19).
Ahora los cristianos somos santos porque tenemos «la unción del Santo» (1 Jn 2,20; +Lc 3,16; Hch 1,5; 1 Cor 1,2; 6,19). Al comienzo se llamaba «santos» a los cristianos de Jerusalén (Hch 9,13; 1 Cor 16,1), pero pronto fue el nombre de todos los fieles (Rm 16,2; 1 Cor 1,1; 13,12). Se trata ante todo, está claro, de una santificación ontológica, la que afecta al ser; pero es ésta justamente la que hace posible y exige una santificación moral, la que afecta al obrar: «Sed santos, porque yo soy santo» (Lev 19,3; 1 Pe 1,16; +1 Jn 3,3). El nuevo ser pide un nuevo obrar (operari sequitur esse). «Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación» (1 Tes 4,3; +2 Cor 7,1; Ap 22,11).

Todo lo que puede alcanzar la oración confiada.



" La oración es una ofrenda espiritual que ha eliminado los antiguos sacrificios. ¿Qué me importa -dice- el número de vuestros sacrificios? Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de becerros; la sangre de toros, corderos y chivos no me agrada. ¿Quién pide algo de vuestras manos?
El Evangelio nos enseña qué es lo que pide el Señor: Llega la hora -dice- en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque Dios es espíritu y, por esto, tales son los adoradores que busca. Nosotros somos los verdaderos adoradores y verdaderos sacerdotes, ya que, orando en espíritu, ofrecemos el sacrificio espiritual de la oración, la ofrenda adecuada y agradable a Dios, la que él pedía, la que él preveía.
Esta ofrenda, ofrecida de corazón, alimentada con la fe, cuidada con la verdad, íntegra por la inocencia, limpia por la castidad, coronada con el amor, es la que debemos llevar al altar de Dios, con el acompañamiento solemne de las buenas obras, en medio de salmos e himnos, seguros de que con ella alcanzaremos de Dios cualquier cosa que le pidamos.
¿Qué podrá negar Dios, en efecto, a una oración que procede del espíritu y de la verdad, si es él quien la exige? Hemos leído, oído y creído los argumentos que demuestran su gran eficacia.
En tiempos pasados, la oración liberaba del fuego, de las bestias, de la falta de alimento, y sin embargo no había recibido aún de Cristo su forma propia.
¡Cuánta más eficacia no tendrá, pues, la oración cristiana! Ciertamente, no hace venir el rocío angélico en medio del fuego, ni cierra la boca de los leones, ni transporta a los hambrientos la comida de los segadores (como en aquellos casos del antiguo Testamento); no impide milagrosamente el sufrimiento, sino que, sin evitarles el dolor a los que sufren, los fortalece con la resignación, con su fuerza les aumenta la gracia para que vean, con los ojos de la fe, el premio reservado a los que sufren por el nombre de Dios.
 En el pasado, la oración hacía venir calamidades, aniquilaba los ejércitos enemigos, impedía la lluvia necesaria. Ahora, por el contrario, la oración del justo aparta la ira de Dios, vela en favor de los enemigos, suplica por los perseguidores. ¿Qué tiene de extraño que haga caer el agua del cielo, si pudo impetrar que de allí bajara fuego? La oración es lo único que tiene poder sobre Dios; pero Cristo no quiso que sirviera para operar mal alguno, sino que toda la eficacia que él le ha dado ha de servir para el bien.
Por esto, su finalidad es servir de sufragio a las almas de los difuntos, robustecer a los débiles, curar a los enfermos, liberar a los posesos, abrir las puertas de las cárceles, deshacer las ataduras de los inocentes. La oración sirve también para perdonar los pecados, para apartar las tentaciones, para hacer que cesen las persecuciones, para consolar a los abatidos, para deleitar a los magnánimos, para guiar a los peregrinos, para mitigar las tempestades, para impedir su actuación a los ladrones, para alimentar a los pobres, para llevar por buen camino a los ricos, para levantar a los caídos, para sostener a los que van a caer, para hacer que resistan los que están en pie.
Oran los mismos ángeles, ora toda la creación, oran los animales domésticos y los salvajes, y doblan las rodillas y, cuando salen de sus establos o guaridas, levantan la vista hacia el cielo y con la boca, a su manera, hacen vibrar el aire. También las aves, cuando despiertan, alzan el vuelo hacia el cielo y extienden las alas, en lugar de las manos, en forma de cruz y dicen algo que asemeja una oración.
¿Qué más podemos añadir acerca de la oración? El mismo Señor en persona oró; a él sea el honor y el poder por los siglos de los siglos". ( Tertuliano. Del Tratado de Tertuliano, presbítero, Sobre la oración (Cap. 28-29: CCL 1, 273-274)).

Consejos espirituales para las distracciones durante la oración.

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Casiano resume de este modo la doctrina de los antiguos: “Es necesario construir este edificio de todas las virtudes y preservar el espíritu de toda suerte de distracciones, a fin de que pueda acostumbrarse poco a poco a la contemplación de Dios y a la visión de las cosas celestiales. Todo lo que ocupa nuestra alma antes de la hora de la oración se presenta necesariamente a nuestro pensamiento cuando rezamos. Por eso es necesario ponernos de antemano en las disposiciones en que deseamos estar durante la oración. Encontraremos, en medio de nuestras obras de piedad, la impresión de los actos y palabras que las habrán precedido. Su recuerdo se burlará de nosotros y nos volverá enojados o tristes, si así estuvimos antes. Volveremos a encontrar los deseos y pensamientos que nos ocupaban y que nos harán recaer, para nuestra vergüenza, en la distracción, o bien reír tontamente de una palabra o acción graciosa” (Casiano, Conferencias 9, 2).


Reconocemos en estas lecciones tan prácticas los tres instrumentos de las buenas obras de la Regla de San Benito: “No gustar de hablar mucho. No decir palabras vanas o que lleven a risa. No gustar de reír con mucha frecuencia o de forma muy ruidosa” (San Benito, Regla 4, 52-54).
Nosotros debemos entonces, para desarrollar en nosotros la vida espiritual y obtener el espíritu de oración, no solamente conocer nuestros defectos y combatirlos, sino además apartar las
preocupaciones vanas y reprimir la multitud y la confusión de pensamientos inútiles, todo lo que lleva a la ligereza y a la movilidad de nuestro espíritu; mortificar la curiosidad, es decir, el deseo de saber, de ver y de escuchar, que dispersa nuestra alma y la expande hacia fuera, haciéndola perder el gusto por las cosas espirituales. La admirable ley del silencio, establecida en las Órdenes religiosas, no tiene otra meta que la de forzar al alma a recogerse y a retirarla poco a poco de la vida de los sentidos; pero, como se comprende fácilmente, esta ley del silencio exterior sería vana, si el alma no se aplicara a ordenar su imaginación; el peligro, por ser menos exterior, es aun más temible. Esta es una enfermedad que los antiguos conocían mucho menos que nosotros, pero con la cual hay que contar seriamente hoy en día.
Las educaciones de hoy son raramente fuertes y viriles. A los niños se los habitúa a una ociosidad moral que es el fruto de la ignorancia en la cual se los abandona. De allí viene que con mucha frecuencia la piedad no sea más que un sueño sentimental, nebuloso y vago, que es la muerte del espíritu de oración. Además, muchos cristianos, después de haberse dedicado con celo a las buenas obras, se encuentran invadidos por frivolidades y puerilidades. ¡Cómo asombrarse entonces de que, llegada la hora de la oración, el alma no se vea enseguida arrastrada a esos sueños vacíos, que no pueda aplicarse sin trabajo y esfuerzo a los misterios de nuestra santa fe y que el recogimiento no se infunda sobre ella como de improviso!
La imaginación tiene un lazo estrecho con los sentidos; y, si no es dominada y reprimida, no podremos nunca rezar con esa oración pura de la cual habla Casiano: “El alma, dice, se eleva en la oración según el grado de su pureza. Mientras más se aleja de la vista de las cosas materiales y terrestres, más se purifica y ve interiormente a Jesucristo en los abajamientos de su vida o en la majestad de su gloria… Sólo contemplan la divinidad con un ojo puro aquellos que se alejas de las obras y pensamientos bajos y terrestres para subir hacia Él sobre la montaña elevada de la soledad donde, libres del tumulto de las pasiones y emancipados de todos los vicios, contemplan con la claridad de su fe y de lo alto de su virtud, la gloria y la belleza de su rostro, que merecen ver sólo aquellos que tienen un corazón puro” (Casiano,  Conferencias 10, 6). Así un alma que quiere avanzar en el espíritu de oración y obtener la unión con Dios debe esforzarse por borrar los pensamientos vanos e inútiles y aplicarse, en cuanto esté en ella, a no perder de vista nunca la presencia de Dios. Esta es también la doctrina de san Benito: “En todo lugar, saberse con certeza bajo la mirada de Dios” (San Benito, Regla 4, 49). Y esto debe ser verdadero tanto durante las recreaciones como en el silencio de la celda, durante la lectura y el trabajo manual, que todos los Padres miraban como un auxiliar del espíritu de oración: “Pues, decía Casiano hablando de los religiosos de Oriente, es difícil decir si es para meditar mejor que ellos se ocupan sin cesar en trabajos manuales, o si es por esta asiduidad en el trabajo, que adquieren tanta piedad, ciencia y luz” (Casiano, Instituciones, libro 2, cap. 14). Esta es también la razón de las ocupaciones continuas en las cuales se emplea la vida en los monasterios. Es un auxilio para unirse a Dios; y el trabajo manual, determinado por la obediencia, es como un ancla firme e inmóvil que fija la ligereza del espíritu, dejándole libre para volar hacia Dios.

 R. Mère Cécile Bruyère, La vie spirituelle et l’oraison, d’après la Sainte Écriture et la tradition monastique, Cap. 7.


Autora: Madre Cecilia Bruyére, (1845-1909) primera abadesa de la Abadía Santa Cecilia de Solesmes (Fracia), fue una figura influyente en la historia de la espiritualidad francesa de fines del Siglo XIX y comienzos del XX. Fiel discipula de el Abad Dom Próspero Guéranger, restaurador de la Orden benedictina en Francia después de la Revolución francesa, escribió la obra La vie spirituelle et l’oraison, d’après la Sainte Écriture et la tradition monastique, de la cual tomamos el fragmento que copiamos abajo para la meditación de nuestros lectores.