jueves, 17 de noviembre de 2011

Salmo 110. Grandes son las obras del Señor.

SALMO 110
Grandes son las obras del Señor.

1[¡Aleluya!]
Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
2Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.


3Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
4ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

5Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
6mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.


7Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
8son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

9Envió la redención a su pueblo,
ratificó para siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

10Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que lo practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.






COMENTARIO AL SALMO 110

[Es un salmo alfabético, o sea, cada hemistiquio o cada medio verso empieza con una letra del alfabeto hebreo. En la versión para la Liturgia se suprimen el "aleluya" inicial y las letras del alfabeto. La Biblia de Jerusalén da a este salmo el título de Elogio de las obras divinas. Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Grandeza de las obras de Dios. Es un himno que canta los portentos realizados por Dios en favor de su pueblo, portentos que han de ser constantemente recordados y agradecidos por sus fieles, permaneciendo fieles a la alianza con Él y, en consecuencia, cumpliendo sus preceptos.- «En el salmo 110 se agradece la bondad de Dios manifestada continuamente en sus obras. El temor de Dios o sentido filial de su presencia, es la fuente de esa sabiduría cristiana que intuye en todo y en todos un mensaje de Dios Amor» (J. Esquerda Bifet).]

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Grandeza de las obras de Dios

En esta composición se entona un himno de alabanza a Dios por sus grandes beneficios en favor de su pueblo. Por su estructura y contenido, este salmo se asemeja al siguiente. Ambos constan de 22 hemistiquios, conforme a las letras del alfabeto hebreo, cada uno de ellos comenzando con una letra distinta, siguiendo el orden del mismo. En el salmo 110 se canta el poder, bondad y justicia de Dios, mientras que en el siguiente se declara la felicidad y provecho del que se acoge temeroso a la ley de su Dios. En este sentido, ambos salmos se complementan. En el salmo 110 se canta la protección dispensada por Yahvé a su pueblo a través de la historia, rescatándolo de la opresión, que puede ser la egipcia o la babilónica.

El salmista se siente eufórico y quiere manifestar sus alabanzas a Yahvé no sólo con los labios, sino de todo corazón y en compañía de los rectos, principalmente en los momentos solemnes de la asamblea litúrgica del templo (v. 1). Su himno de alabanza se inicia con la declaración de las obras portentosas de Dios, que se manifiestan en la naturaleza y en la historia del pueblo elegido, y aun en la vida privada de sus adeptos. Ellas proporcionan un motivo de meditación, y son dignas de estudio en toda su profundidad y consecuencias para la vida religiosa del hombre (v. 2). En las obras de la naturaleza se destacan el esplendor y la magnificencia de Dios, pues son el reflejo de sus atributos de sabiduría, bondad y poder, y en sus providencias hacia el hombre se pone de relieve su generosidad, que, lejos de atenuarse con el tiempo, se muestra inmutable para siempre (v. 3).

Particularmente, su providencia se ha manifestado en la historia de Israel; en ella hizo maravillas memorables, liberando a su pueblo de la esclavitud faraónica y protegiéndole contra sus enemigos. Literalmente habría que traducir: «hizo un memorial de sus maravillas»; y, en ese supuesto, parece que se alude a la institución de la Pascua en conmemoración de la liberación de los israelitas del ángel exterminador antes de emprender la huida hacia las estepas del Sinaí. En las maravillas del Éxodo, Yahvé se mostró realmente piadoso y clemente con su pueblo, acompañándole y obrando prodigios en su favor (v. 4). Este modo de proceder brilla en toda la historia de Israel. Fiel a su alianza, proveyó de mantenimiento a los israelitas cuando andaban hambrientos por las estepas del Sinaí (v. 5).

Esta protección se manifestó también en la ocupación de la tierra de Canaán, pues, a pesar de ser Israel un pueblo menos numeroso que el que habitaba en ella, Yahvé les dio la heredad de los gentiles, expulsando a los cananeos. Así mostró la fuerza de su obrar. Y todo ello en virtud de las exigencias de la alianza que había hecho con Abraham, en la que le había prometido entregar a su descendencia la tierra en la que entonces se sentía extranjero. La liberación de Egipto fue la prueba de la fidelidad de Dios a sus promesas hechas a los patriarcas (vv. 5-6).

Todas las obras de Dios se caracterizan por su justicia y su verdad (v. 7), pues son la manifestación de sus atributos esenciales; por eso, sus preceptos merecen confianza, pues están como sellados, sin que puedan engañar a nadie ni ser ellos mismos defectibles. El salmista pasa insensiblemente de los portentos hechos por Dios en favor de Israel en el Éxodo a la legislación del Sinaí, que es la base de las relaciones entre Yahvé y los componentes de su pueblo. Como expresión de la verdad y rectitud divinas, sus preceptos permanecen para siempre (v. 8).

Esta providencia protectora de Yahvé se manifestó últimamente de un modo excepcional en la redención de su pueblo de la cautividad babilónica (v. 9). Con ello confirmó de nuevo y de modo solemne su antigua alianza, que le obligaba a salir por los intereses del pueblo israelita. Los profetas hablaban de una nueva alianza en sustitución de la antigua. La repatriación de los cautivos confirmó las antiguas esperanzas de rehabilitación nacional. Con ello se manifestó el nombre de Yahvé como sagrado y temible, pues se ha revelado en todo su poder como en los antiguos tiempos del Éxodo. Las victorias de su pueblo redundaban en la gloria del nombre temible de Yahvé, cuyas gestas antiguas sembraban de consternación a las naciones vecinas a Israel.

El salmo se cierra con unas consideraciones sapienciales: el verdadero sabio es el que sabe conducirse conforme a las exigencias del temor de Dios, que implica acatamiento de sus leyes y docilidad a sus preceptos. Yahvé se manifiesta poderoso en sus obras de la naturaleza y en sus relaciones con el pueblo de Israel. Esto exige reconocimiento de su voluntad, manifestada en la Ley, pues es inútil y necio oponerse a sus caminos. Sólo Él es digno de alabanza, que se muestra a través de todas las generaciones (v. 10).

[Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

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CATEQUESIS DE JUAN PABLO II
Grandes son las obras del Señor

Queridos hermanos y hermanas:

1. Hoy sentimos un viento fuerte. El viento en la sagrada Escritura es símbolo del Espíritu Santo. Esperamos que el Espíritu Santo nos ilumine ahora en la meditación del salmo 110, que acabamos de escuchar. Este salmo encierra un himno de alabanza y acción de gracias por los numerosos beneficios que definen a Dios en sus atributos y en su obra de salvación: se habla de «misericordia», «clemencia», «justicia», «fuerza», «verdad», «rectitud», «fidelidad», «alianza», «obras», «maravillas», incluso de «alimento» que él da y, al final, de su «nombre» glorioso, es decir, de su persona. Así pues, la oración es contemplación del misterio de Dios y de las maravillas que realiza en la historia de la salvación.

2. El Salmo comienza con el verbo de acción de gracias que se eleva del corazón del orante, pero también de toda la asamblea litúrgica (cf. v. 1). El objeto de esta oración, que incluye también el rito de la acción de gracias, se expresa con la palabra «obras» (cf. vv. 2.3.6.7). Esas obras son las intervenciones salvíficas del Señor, manifestación de su «justicia» (cf. v. 3), término que en el lenguaje bíblico indica ante todo el amor que genera salvación.

Por tanto, el núcleo del Salmo se transforma en un himno a la alianza (cf. vv. 4-9), al vínculo íntimo que une a Dios con su pueblo y que comprende una serie de actitudes y gestos. Así, se habla de «misericordia y clemencia» (cf. v. 4), a la luz de la gran proclamación del Sinaí: «El Señor, el Señor, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad» (Ex 34,6).

La «clemencia» es la gracia divina que envuelve y transfigura al fiel, mientras que la «misericordia» en el original hebreo se expresa con un término característico que remite a las «vísceras» maternas del Señor, más misericordiosas aún que las de una madre (cf. Is 49,15).

3. Este vínculo de amor incluye el don fundamental del alimento y, por tanto, de la vida (cf. Sal 110,5), que, en la relectura cristiana, se identificará con la Eucaristía, como dice san Jerónimo: «Como alimento dio el pan bajado del cielo; si somos dignos de él, alimentémonos» (Breviarium in Psalmos, 110: PL XXVI, 1238-1239).

Luego viene el don de la tierra, «la heredad de los gentiles» (Sal 110,6), que alude al grandioso episodio del Éxodo, cuando el Señor se reveló como el Dios de la liberación. Por tanto, la síntesis del cuerpo central de este canto se ha de buscar en el tema del pacto especial entre el Señor y su pueblo, como declara de modo lapidario el versículo 9: «Ratificó para siempre su alianza».

4. El salmo 110 concluye con la contemplación del rostro divino, de la persona del Señor, expresada a través de su «nombre» santo y trascendente. Luego, citando un dicho sapiencial (cf. Pr 1,7; 9,10; 15,33), el salmista invita a todos los fieles a cultivar el «temor del Señor» (Sal 110,10), principio de la verdadera sabiduría. Este término no se refiere al miedo ni al terror, sino al respeto serio y sincero, que es fruto del amor, a la adhesión genuina y activa al Dios liberador. Y, si las primeras palabras del canto habían sido una acción de gracias, las últimas son una alabanza: del mismo modo que la justicia salvífica del Señor «dura por siempre» (v. 3), así la gratitud del orante no tiene pausa: «La alabanza del Señor dura por siempre» (v. 10).

Para resumir, el Salmo nos invita al final a descubrir las muchas cosas buenas que el Señor nos da cada día. Nosotros vemos más fácilmente los aspectos negativos de nuestra vida. El Salmo nos invita a ver también las cosas positivas, los numerosos dones que recibimos, para sentir así la gratitud, porque sólo un corazón agradecido puede celebrar dignamente la gran liturgia de la gratitud, la Eucaristía.

5. Para concluir nuestra reflexión, quisiéramos meditar con la tradición eclesial de los primeros siglos cristianos el versículo final con su célebre declaración, reiterada en otros lugares de la Biblia (cf. Pr 1,7): «El principio de la sabiduría es el temor del Señor» (Sal 110,10).

El escritor cristiano Barsanufio de Gaza, en la primera mitad del siglo VI, lo comenta así: «¿Qué es principio de la sabiduría sino abstenerse de todo lo que desagrada a Dios? ¿Y de qué modo uno puede abstenerse sino evitando hacer algo sin haber pedido consejo, o no diciendo nada que no se deba decir, y además considerándose a sí mismo loco, tonto, despreciable y totalmente inútil?» (Epistolario, 234: Collana di testi patristici, XCIII, Roma 1991, pp. 265-266).

Con todo, Juan Casiano, que vivió entre los siglos IV y V, prefería precisar que «hay una gran diferencia entre el amor, al que nada le falta y que es el tesoro de la sabiduría y de la ciencia, y el amor imperfecto, denominado "principio de la sabiduría"; este, por contener en sí la idea del castigo, queda excluido del corazón de los perfectos al llegar la plenitud del amor» (Conferencias a los monjes, 2, 11, 13: Collana di testi patristici, CLVI, Roma 2000, p. 29). Así, en el camino de nuestra vida hacia Cristo, el temor servil que hay al inicio es sustituido por un temor perfecto, que es amor, don del Espíritu Santo.

[Texto de la Audiencia general del Miércoles 8 de junio de 2005]

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